martes, 4 de noviembre de 2008

TRES




Resultaba veleidosa. A través de los barrotes de mi balcón podía espiarla mientras iba y venía de calle a calle con su bicicleta de asientito. Yo sabía que sacaba a pasear a su hijo toda vez que su marido, ebrio y dormido, le daba una oportunidad de respirar vida. El pelo platinaba la tarde cada tres semanas y después se iba oscureciendo y cuando otra vez el castaño servía de bandera ondeante para aquellos paseos furtivos, volvía a teñirse. Me hacía bien saber que lo hacía por mí y para mí.
Yo me desplazaba en mi silla y a duras penas atravesada los rieles de la ventana balcón que sobresalían del piso parquet, después me dejaba caer pesadamente en la pequeña terraza y me escondía atrás de los barrotes. Así me quedaba espiándola desde nuestro tercer piso hasta que por la noche llegaba mamá y me preguntaba porqué otra vez en aquélla posición y en aquel lugar y amenazaba con clausurar la ventana con tablas de madera.
Mamá paraba la silla en cuatro ruedas y me ayudaba a alzarme y comíamos las milanesas con papas fritas babosas o el pollo frío y grasoso comprados en la rotisería. Durante la cena compartíamos pocas palabras y mi madre me miraba con sus ojitos de laucha inquisidora; yo no pensaba compartir con ella mi secreto.
Veleidosa era una palabra que había leído en un libro de antiguos cuentos chinos y se me había ocurrido la palabra justa para describirla. La busqué en el diccionario y la encontré tan apropiada para ella como cualquiera de sus ropas, esas que, más que vestirla, la acompañaban como buenas amigas, porque si algo era admirable en esa mujer que paseaba por las tardes en bicicleta era lo bien que le sentaban la gravedad, el viento, el reflejo naranjo del sol, como que había sido creada para la naturaleza de este mundo y ningún otro.
El cuento chino hablaba de una princesa y un mandarín, como todos los cuentos chinos de ese libro. El mandarín anciano e impotente sospechaba y padecía por la belleza de su amada princesa, que en prenda de su fidelidad ofreció amputarse una parte del cuerpo por cada infidelidad comprobada en base a testimonios de testigos. Resultó que en la corte contaba con tantos pretendientes rechazados que más pronto que tarde debió soportar la extorsión de los más viles, o de todos. El trato que los cortesanos le proponían era sencillo: o se entregaba a ellos o se declaraban testigos de amoríos inventados e inexistentes. Como la princesa no cedió, fue perdiendo uno por uno los miembros de su cuerpo: dedos, pies, piernas, manos, brazos, y por último la cabeza. En la base de la pira donde ardieron finalmente sus restos, los despojos de la que había sido la mujer más bella del reino, un consejero del mandarín se atrevió a susurrarle:
No debiste confiar en esos hombres más que en tu propia mujer. A lo que el mandarín respondió:
Veleidosa, no debió tentarme.
Los sábados a la tarde, enseguida después del almuerzo, mamá me sacaba a la plaza y allí la encontraba regocijándose con su hijo en el borde del arenero. Yo me liberaba de la tiranía de los empujones desacompasados de mi madre y me adueñaba del comando de las ruedas y me acercaba lo más posible para verla jugar, olerla, preguntarle por el nombre del chico, mientras mamá se sentaba a tejer en el banco de madera, a la sombra de los ficus, esos que con sus raíces destrozaban las veredas.
Diría que la primera vez respondió con desconfianza, todo era sacarle con tirabuzón, como se dice. Además sufríamos demasiado calor ese verano y la musculosa que ella llevaba puesta y sus pantalones ajustados hasta a mí me incomodaban. Era difícil sustraer la mirada de todo lo que en su cuerpo sobresalía. Recuerdo que se fue enseguida y yo me esforcé por no mirar su partida.
¿Qué le dijiste? Fue el único comentario de mamá.
Pero el segundo sábado era ella la predispuesta al diálogo, y mientras su hijo trasvasaba arena de uno a otro balde con una palita, empezó preguntándome cómo me llamaba, aunque ya lo sabía.
Carmelo es un lindo nombre, aunque ya no se use ¿No? Creo que me dijo, y yo le conté que era la única herencia de mis abuelos, porque de mi padre había recibido la invalidez, y prefirió ignorar ese comentario. A ella le decían Beba.
En el campo de mis tíos había una yegua rubia preciosa a la que llamábamos Beba. Lejos de ofenderse parece que el comentario le vino a bien porque dejó escapar una sonrisa pizpireta, como que entre nosotros había nacido algo.
Ese día mamá se mostró enojada, mientras volvíamos a casa y desde atrás, me recriminó soplándome su mal aliento en la oreja. Debo decirlo, mi madre ya tenía mal olor.
El mal olor es una característica de su familia, al cabo ¨ mi ¨ familia; en los últimos tiempos de mi abuela Aurelia un olor ácido furibundo emanaba de su humanidad toda, tanto era así que mi abuelo hacía años que no compartía lecho con ella a causa de la fetidez. Y después de su muerte y de su entierro hubo que quemar colchón y el elástico de la cama y la cama misma. Hasta la mesa de luz que servía de su lado estuvo a punto de ser arrojada a las llamas.
Así es que el mal olor y las palabras ofendidas y ofensivas de mi madre llegaban desde mis espaldas mientras empujaba la silla. ¿Qué quería esa mujer, eh?¿Y vos?¿Qué querés de ella?
Mi madre nunca pronunciaría las palabras que consideraba aptas para esa mujer, para Beba, y nunca pensó seriamente en alejarme de ella, es que por primer vez en mis cuarenta y tres años tenía la oportunidad de hacer una amiga. A pesar y a causa de su hijo y de su marido borracho y de toda la alegría y toda la voluptuosidad que brotaba de su cuerpo Beba había sonreído para mí y más tarde me había saludado con un promisorio ¨ Hasta el sábado ¨ .
Espiarla me causaba mejores sensaciones que tenerla de visita en casa durante las largas ausencias de mi madre. Vino por primera vez pocas semanas después de conocernos con las pautas convenidas de antemano. ¨ Yo voy, Carmelo, pero no te prometo nada. Vos dejame la llave y estoy ahí con Panchito a eso de las tres de la tarde, el martes. ¨
La ansiedad era una mariposa rechoncha y sucia que quería aplastar con el único golpe de un martillo, sobre piso de tierra, para que no quede ni sombra. El lunes inauguré la costumbre de acostarme en el balcón para espiarla. Ahí mismo me oriné y dormí la siesta y mamá intuyó que iniciaba una nueva tragedia, distinta y a la vez derivada de aquélla que había comenzado mi padre.
Mi padre, no voy a gastar demasiadas palabras hablando de él, sólo para decir que odiaba a mamá y a mí y siempre había amenazado con matarse y matarnos y mamá se había reído de él hasta que mi padre tomó la escopeta y le perforó el pulmón a ella, la columna a mí, y su propia cabeza. Aquellos motes de inútil y atolondrado que le había endilgado mamá, a la larga resultaron ciertos, y gracias a ello cuento el cuento. Yo en su lugar, en lugar de mi padre, antes de dispararme el tiro en la boca habría reasegurado la carnicería, porque la amenaza siempre había sido completa: muertos los tres perros, muerta toda la rabia, pero sólo él se fue de este mundo, por apurado.
Estoy hablando de hace treinta años, yo era siquiera un adolescente y mamá una mujer que cada hombre en el pueblo quería llevar a su cama. Una rubia de grandes ancas tan parecida a las dos Bebas que da que pensar, pero he leído que ninguna historia termina sino con la muerte misma de todos los protagonistas, y que todas tienen retornos, círculos, laberintos, obeliscos, torres y espejos, por eso lo acepto, más como una fatalidad que una rareza, mientras me acuesto en el balcón, y espío.
Imaginen la primera vez, yo sentado frente a la puerta de entrada esperando el sonido de la llave, y Beba que se demora quince minutos más de la hora concertada, quince minutos que resultaron más largos que aquellas dos horas que transcurrieron desde el último disparo de mi padre hasta la llegada de los enfermeros. La cabeza de huevo de mi padre esparcida en toda la cocina, mamá desmayada en un charco de sangre y yo entrando y saliendo de una inconsciencia beatífica que imaginé los portales de la muerte. Beba abre la puerta, escruta el interior del departamento como para reconocer el terreno o evitar una emboscada, y después me dedica una sonrisa que es justo lo que imaginaba: una mujer que viene a mí. Entregada.
Panchito entró tomado de su mano, Beba su madre sacó dos autitos de plástico del bolsillo de su blazer y lo mandó sentarse a jugar en la cocina. Panchito obedeció sin chistar, como si la ceremonia le fuera conocida, y Beba se sentó en una silla frente a mí, se cruzó de piernas y se levantó apenas la pollera.
Cuando veo una pava sobre el fuego imagino cómo será levantar la tapa y hundir la mano en el agua hirviendo. Tal grado de curiosidad es la que siento que una vez estuve a punto de lograrlo, quiero decir, animarme a enfrentar las consecuencias. Como la princesa china, poniendo en peligro un miembro preciado de su cuerpo.
Beba me dijo: Me gusta que me mires, sería precioso que hicieras sólo eso la primera vez. Y con una sonrisa desdeñosa me autorizó a tocarme, aunque yo no se lo había pedido ni lo había deseado. Simplemente me quedé en silencio, contemplándola, como solía contemplar el agua hirviendo, ávido por mutilarme. Apenas algún ruido perdido nos alcanzaba desde la calle y el sonido de motor fingido en la vocecita de Panchito semejaba el canto de un lánguido fantasma, el fantasma de un animal desahuciado. Sólo eso se interponía entre la mujer que me incitaba a la autosatisfacción y yo, que no era yo, era un inválido tembloroso y ardiente pesando como tres caballos muertos sobre una silla de ruedas, con la felicidad o la ilusión de felicidad al alcance de las manos. Una ilusión de felicidad que mi padre hubiera destrozado de tres escopetazos. No sin cierta justicia.
Creo haber heredado el gusto de mi padre por las armas de cierto tipo. La justicia confiscó la escopeta, un machete, dos pistolas calibre 38. Pero salvé de la requisa el revólver Colt plateado con cachas de carey. Un juguete de colección que desde el día de la matanza acostumbré portar debajo de la silla, más por compañía que por protección. Me gustaba sacar el revólver, lustrarlo, regocijarme con la fecha de fabricación y el silencioso giro del tambor de seis tiros.
Beba la yegua era un animal de salto. Daba gusto cepillarle el cogote y peinarle las largas crines. Hasta los trece yo solía montarla en pelo, pero después sobrevino la agresión de mi padre.
Ignoro cuánto tiempo permanecimos uno enfrente de otro, Beba con la pollera cada vez más corta y las piernas cada vez más abiertas. Al final yo estaba anestesiado, las manos me hormigueaban y ese lugar de mi tobillo izquierdo donde sobrevive el último resto de sensibilidad se aplastaba y se enquistaba contra el metálico indicio del apoya pie. A punto de quedarme dormido hasta que Beba se puso de pie con ademán alegre, uno de esos gestos que las mujeres jóvenes y bellas sólo dedican a los hombres que le son indiferentes, para torturarlos, o por simple y malsana ignorancia. No fue hasta cuatro o cinco semanas después que me atreví a pedirle que se tiñera de rubio, y le rogué: Bien rubio.
Como el sol de la mañana como las montañas de oro que persiguen los piratas como trigales a seis días de la cosecha como el ojo en las banderas de guerra como las crines de Beba la más querida yegua como las crenchas de mamá la odiada por mi padre. Por entonces, ya le iba entregando de a poco nuestros ahorros.
Aquello de la pava de agua hirviendo quise probarlo primero en la rodilla; acaso si podía clavarme una aguja de lado a lado sin sentirla porqué no iba a tolerar un pequeño chorro de agua de cien grados. Encendí el fuego, puse la pava, y esperé. En momentos de espera nada como pensar en insectos, a mí me gustan esos programas de Animal Planet donde hormigas rojas del tamaño de sapos se comen a los cascarudos; el día que convenza a mamá de comprar una computadora voy a entrar en todos los sitios sobre insectos, tan hermosos para admirar su fuerza como para pisarlos. Porque si vas a matar algo, tiene que ser algo fuerte y hermoso. ¿O no?
El agua ya estaba hirviendo. Agarré una manopla de sobre la mesada y con la manopla el asa de la pava, con tantísimo cuidado, lo único que faltaría a un lisiado es desfigurarse el rostro con una quemadura. Me bajé los pantalones hasta las rodillas, esas rodillas de paralítico que hasta mí me dan un poco de pena, y volqué las primeras gotas, humeantes, curioso por ver lo que sentía. Y nada, como atravesarme una aguja en el pié de lado a lado, entonces, de a poco y sin darme cuenta la fui volcando toda, sobre la rodilla y a lo largo de la pierna, y me daba cuenta que el agua hervía por el vapor y por cierto tufo a carne hervida. Pero no sentí nada de nada.
En la segunda visita Beba también saco dos cochecitos del bolsillo y mandó a Panchito a jugar en la cocina. Se sentó enfrente de mí, como la primera vez, pero se puso a contarme de su vida. Era difícil atender las palabras de la mujer que abría sus piernas un par de metros delante de mí, dejando ver una bombacha negra y sus muslos brillantes y suaves. ¿No son hermosos? Inquirió hiriente mientras se los acariciaba provocativa y patética, como si en un par de minutos hubiera envejecido veinte años. Y esa fue la primera vez que la odié, y de haber tenido piernas para hacerlo la habría echado a patadas de mi casa, a ella y a su estúpido hijo que jugaba en la cocina como un corderito degollado. Pero enseguida me sentí mejor, y el odio cedió, y lo único que recordé o lo que más recordé de su relato era que alguna vez, en algún tiempo de su niñez, sus padres le habían dado a comer excremento de gallina.
Cada vez que visitábamos el campo de mis tíos mamá disfrutaba la costumbre de galopar montada en Beba la yegua. Sus hermanos mis tíos jamás dejaron de admirarla y criticar por ser una amazona feroz, que no tomaba demasiado registro del paso de sus años, tanto así que el animal debía esforzarse cada vez más para cumplir con sus caprichos. Mamá se divertía saltando sobre pajonales, alambrados, tranqueras. Daba gusto ver volar a las dos rubias y en esos momentos me parecía olvidado todo lo que había pasado con mi padre, y mi propia inutilidad sobre la silla de ruedas, en medio del camino de entrada desde el sendero de los tilos y los frutales, hasta el acceso a la casa, quedaba olvidada con la sola contemplación de aquellas cabalgatas.
Beba la rubia meneó las caderas y llevó la mano derecha a la nuca: ¿No parezco una conejita de Play Boy? Desde ahora vas a tener que pagarme el doble, se rió con esa risa disparatada y alegre y yo pensé pagar el doble por nada, mientras por esa nada se iban yendo todos nuestros ahorros. ¿Qué pasaría cuando mamá le hiciera una visita a nuestra caja fuerte? Y sin embargo era mía, pocos hombres tienen una mujer que martes tras martes viene hasta su silla de ruedas a mostrarle las piernas y dejarles ver sus encajes mientras relata cómo sus padres le daban a comer excremento de gallina: Éramos tres hermanas, la Yoli, la Dominga y yo. Yo era la mayor, la Yoli los tenía comprados a todos y hacía lo que le daba la gana, pero la Dominga era medio estúpida, y siempre se la agarraban con ella. Quiero decir que si para la Yoli era sí para la Dominga era no, y si para la una era blanco para la otra era negro ¿Entendés? Y a mí se me revolvían las tripas porque si hay algo que no soporto son las injusticias. Entonces Bebita querida si no soportás las injusticias dejame que te bese las piernas, rogaba yo, pero ella se mantenía inflexible. Hasta que un buen día la Yoli va y le espanta a la Dominga sus amigas nada más que por amargarle la vida, y cuando la Dominga reacciona van sus padres y le pegan una buena paliza, primero mi madre, y después mi padre. Entonces yo me les planto y les digo que son una mierda. Tenía once años, Dominga nueve y la Yoli diez. Así que vos sabés mucho sobre la mierda, ironizaron sus padres, y ahí nomás fueron al gallinero y le sirvieron un plato de excremento de gallina. Y lo vas a comer a como sea. No puedo explicarte el gusto de esa inmundicia, picante y ácido y caliente y de una consistencia que te desata arcadas atrás de otras. Pero no tuve mejor idea que decirles que estaba delicioso, y me la gané de postre para toda la semana.
Cuando mamá descubrió las piernas quemadas al borde de la infección puso el grito en el cielo, y yo lo único que hice fue llorar, y rogarle que no me llevara al hospital. ¿Pero porqué lo hiciste, hijo de Dios? No puedo explicarlo, sólo sentí deseos de lastimarme.
Las dos estaban más viejas y pesadas, será por eso que a Beba la yegua le costaba cada vez más esfuerzo transportar a mamá, y mis tíos se lo habían advertido y en cierto modo esperaban el accidente final para descargar sobre ella todos los reproches y sobre la inocente Beba el balazo final, porque en esas cuestiones no se puede ser dubitativo como mi padre. Era el mes de junio y lo recuerdo por el día de la bandera, mamá saltó dos alambrados y después una tranquera, Beba ya no volaba, y del otro lado la sorprendió una cueva de vizcacha, y la pata fue bien al fondo y se le quebró en seis partes. El alarido de mamá y el relincho del animal fueron al unísono, como eran al unísono los gritos de la princesa y los lamentos del mandarín cada vez que le cercenaban alguno de sus encantos. Después mi tío trajo la pistola de dos caños y obligó a mamá a terminar lo que había empezado. La obligó así, con esas palabras. Pero mamá no quiso hacerlo y no pisamos el campo nunca más, desde que mi tío sacrificó la yegua.
Mamá descubrió la falta de nuestros ahorros pero no dijo nada. Nos tendió una emboscada y un martes a las cuatro de la tarde se presentó en casa como si nada. A esa altura yo ya sentía por Beba un resentimiento difícil de disimular, y creo que Beba lo sabía y eso era parte de su excitación, y de la mía. Se abrió la puerta de entrada y mamá saludó Buenas tardes qué sorpresa y lo primero que llamó su atención fue la presencia de Panchito en la cocina ¿Qué hace él aquí? Como si la presencia del chico le impidiera hacer lo que había venido a hacer. Estamos de visita.
La escena no fue demasiado larga. Yo saqué la Colt de abajo de mi asiento, y apunté. Alguna vez me había imaginado obligándola a Beba a que hiciéramos algo, si después de todo lo estábamos haciendo a cambio de mi dinero. También había temido el berrinche de mamá el día que abriera nuestra caja fuerte, y por algún motivo necesitaba finalizar la obra de mi padre. En cuanto a Panchito, con todas esas horas jugando como un estúpido con dos cochecitos en el piso de la cocina, era de los tres, el que más se lo merecía. Pero la Colt, yo lo sabía, no tenía balas. Hice los ruidos con mi boca: Pum – Pum – Pum – Pum. Mientras nos apuntaba a los cuatro, uno por uno. Es impresionante el desequilibrio que puede causar un solo participante en este mundo, porque si hubiéramos sido tres, tal vez hubiera tenido balas, y habría terminado de una vez con todo el asunto.
Mi madre tapió la ventana con sus tablas de madera, y empezó a sacarme los domingos en lugar de los sábados. De Beba, la tercer rubia, no supe más nada.

2004/2005

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