El probador de muñecas

Todos estábamos un poco cuerdos

La danza de los torturados

Danza de los torturados

Marvin

martes 24 de noviembre de 2009

MAQUINAS SEXUALES


Acabo de leer en el diario que ya están casi listas para consumo las damas de compañía cibernéticas: mujeres de curvas perfectas dispuestas y disponibles para todo uso (sexual). Gimen, besan, dicen chanchadas al oído. Después de cumplida su misión, uno las saca de la cama y las desenchufa, o las desenchufa y las saca de la cama. Esperan recaudar en ventas, sólo en el primer año, tres mil millones de dólares. Vale mencionar que en algunos países orientales los ejecutivos ya alquilan modelos mucho más precarios, globos con formas supuestamente femeninas, las conocidas muñecas inflables.
Qué porquería es la vida de los hombres casados, siempre pulsados por un deseo biológico que las mujeres en general manejan a discreción, esto sin tener en cuenta que la pulsión biológica femenina se extingue poco después de los treinta y cinco. Podrá salirse de las casillas con un amante ocasional o conceder algún gélido favor dentro de su pareja estable, pero ¡Qué porquería es la vida de los hombres casados! Y si no, pregunten a las prostitutas.
La biología es cosa seria, mucho más que la poesía, el cine y la literatura juntas, ámbitos en los cuales con inexistente rigor científico alguien inventó la palabra amor o imaginó el hecho amoroso como una leyenda épica a la cual habría que cantarle loas y rendirle tributo. Pero yo no le canto, por así decirlo, un carajo. El único amor verdadero es, primero, el amor a los hijos, y segundo, el amor a las mascotas, lo demás es impulso biológico, una obsesión compulsiva de la naturaleza que te obliga a reproducirte reproducirte reproducirte, y que los escritores y las editoriales han sabido aprovechar a favor de su economía.
Casi todos los hombres casados que conozco son sexualmente infelices, y las mujeres de esos hombres saben que sus parejas son sexualmente infelices pero ya no tienen armas para consolarlos. Ya tuvieron sus hijos, gozan de las vacaciones en familia, el auto, y si se divorcian se quedan con la casa, que no es poca cosa.
¿Cómo reaccionarán esas mujeres cuando aparezca en sus hogares la caja conteniendo la dama de compañía cibernética? Yo diría que aliviadas, y es más, opino que serán las mismas esposas las que regalen a sus maridos el esperpento electrónico de última generación.
En el futuro, a los pies de los árboles de navidad habrá para la pareja feliz un paquete grande y un paquete chico, depositado por cada uno de los consortes: una acompañante cibernética para él, un consolador del tamaño adecuado para ella. Y con el tiempo ¿porqué no? Otra gran caja conteniendo un amante musculoso a batería. Por supuesto que este último párrafo contradice toda mi exposición sobre la impronta biológica, pero en un mundo tan pero tan loco ¿A quién le importa?


jueves 24 de septiembre de 2009

SIEMPRE QUISE SER UNA MUJER HERMOSA


SI son de los que creen que asegurarse una vida de rentas le soluciona todos los problemas, yo también era uno de ustedes, pero me bastaron un par de años de inactividad para descubrir que el aburrimiento, para un hombre solitario y ocioso, puede resultar el peor de los males.
Fue por eso que convencí a Héctor, que trabaja en la municipalidad de San Isidro, para que me consiguiera un puesto como inspector de catastro. Héctor trató de persuadirme diciéndome que las salidas al cine, a los museos, a la gran cantidad de parques y actividades culturales que tiene Buenos Aires, resultarían mejor pasatiempo que meter las narices en esas casas fotografiadas desde aviones o desde satélites, residencias en las cuales aparecían siluetas de edificaciones no declaradas en planos ni boletas de impuesto inmobiliario. Pero no pudo convencerme, y ahí estaba yo, un hombre de cincuenta años, vestido de saco y corbata, realizando una tarea que en general reservada para jóvenes estudiantes.
Durante las primeras tres semanas de recorrido no pasó nada, me asignaron un cuadrante entre la Avenida Centenario y la Libertador y siempre me tocó negociar con las mucamas. ¨ Los señores no están, pero si me dice cómo es el trámite les pregunto para mañana ¨. La mayoría de las veces a través del portero eléctrico y bajo la amenazante mirada del vigilador de la cuadra. Mis ilusiones de que me atendiera una exuberante rubia en desabillé fueron cediendo a una realidad más chata y embarazosa: el señor mayor que en pleno diciembre, con uniforme de oficinista, bregaba por entrar a casas con piscinas rebosantes de adolescentes que, culo al sol, disfrutaban el final del ciclo lectivo.
Tras largas caminatas, a eso de las seis de la tarde llegaba a casa agotado y deprimido, llamaba por teléfono a mis hijas para que me dieran la excusa del día para no visitarme, me alquilaba una película de acción, pedía una pizza y chau, hasta mañana. Me sentía muy alejado de lo que en verdad era: un hombre hecho que vivía de rentas, pero en el fondo era eso lo que buscaba.
Hasta que el martes de la cuarta semana de trabajo, a las dos de la tarde, toqué el portero de la casona gris Igam frente a las vías del Mitre, en la cortada Brown, esa por la que no circula casi nadie, y me atendió Marlene. Desde el vamos la mecánica se diferenció del resto de mis visitas. Nos presentamos con un apretón de manos:
- Eduardo Muñoz.
- Marlene Grantz - Y me invitó a pasar a la casa a tomar un vaso de tónica.
Cruzamos el parque descuidado de la entrada, un rectángulo umbrío y húmedo tapizado de enredaderas que se parecía un poco al jardín de los Locos Adams. Subimos la escalinata curva bordeada por macetones y entramos al living oscuro donde reinaba, a todo volumen, una telenovela venezolana. Marlene, supe después, tenía más o menos mi edad, pero por supuesto, me parecía mucho mayor. Toda la gente que pasa los cuarenta y cinco me parece mucho más vieja que yo, inclusive mis ex esposas me parecen señoras mayores, aunque las dos acaban de cumplir cuarenta años.
- Bueno – me dijo con tono afable - ¿cómo es esto de los planos?
Era una mujer demasiado flaca, esquelética, llevaba una camisola de los años setenta, amplia y transparente; sobre la parte superior del amplio escote en V sobresalían sus clavículas prominentes. Tenía el pelo largo, gris y pajoso; pesadas bolsas violáceas debajo de los ojos y una sonrisa dolorosa de dientes oxidados.
Le expliqué lo de los aviones y el satélite, según las fotografías aéreas en el fondo de su casa aparecían tres siluetas que no habían sido declaradas, no importaba cuánto de impuestos se hubiera evadido hasta el momento, la municipalidad daba facilidades para la presentación y el nuevo metraje comenzaba a pagar dentro de seis meses. Estábamos en moratoria.
- ¿No importa el destino de las habitaciones?
- No me parece – opiné.
- Podrían tener un poco de consideración.
Se echó hacia atrás en el sillón y se tapó la cara con las manos, no quedaba claro si estaba llorando o qué. Recién entonces vi que estaba descalza, que sus pies eran tan huesudos como el resto de su cuerpo, y que llevaba un pantalón de bota ancha, esos acampanados que también usábamos en los setenta.
Dejé pasar unos cuantos minutos, o tal vez fueran segundos que me parecieron minutos. Traté de centrar mi atención en la telenovela venezolana: una morochaza de ojos azules se colgaba del cuello de un hombre de cabello inmaculado que la rechazaba impiadosamente. ¨ Te lo juro. Alberto, te lo juro por lo que más quiero ¨. Marlene, enfrente de mi, no se decidía a descubrirse. Podía estar sollozando, pero también podía estar planeando alguna clase de estrategia para echarme de su casa.
¨ No jures en falso, Anita, ni tú ni yo nos merecemos eso ¨ .
¨ Pero si lo he botado de casa en cuanto se ha aparecido ¿Qué querías que hiciera? ¨
Terminé de tomar la tónica. Desde el parque del fondo, a través de un portal de vidrios repartidos, quería llegar hasta nosotros, furiosa, la luz de la tarde, pero una cortina de lona verde colgada como de clavos, oscurecía el ambiente. La luz, entonces, se filtraba apenas en contraluces de filigrana que dibujaban los bordes de los muebles de caoba y los adornos de cerámica. La morochaza cayó de rodillas y se abrazó a los pies de Alberto.
- ¿Quiere que venga mañana? – Pregunté - En general la primera visita no es más que para avisar.
Marlene negó con la cabeza y con una mano.
- No. Usted no es más que un pobre empleado, un pobre diablo.
La frase me resultó más deprimente y ofensiva que todos los culos adolescentes desinteresados de mi presencia de las casas anteriores. Me quedé en silencio, mientras Alberto se desprendía de la morochaza y salía de la casa a grandes zancadas venezolanas.
Cuando Marlene se calmó, y descubrió su rostro, tomé conciencia de su verdadera fealdad: un desatino de la naturaleza que poco tenía que ver con el paso de los años. Esa mujer había sido fea desde el mismo día de su nacimiento, y ahora, con la cara arrobada por las lágrimas y el enojo, en medio de su desconcierto, había desaparecido cualquier clase de compostura que pudiera disimularla, o atenuarla. Tenía la nariz ganchuda repleta de poros y puntos negros, largos pelos asomaban de sus fosas nasales, y dos lunares marrones y carnosos le entrecerraban el párpado derecho.
- Hijos de puta – dijo por fin mientras se ponía de pie y apagaba el televisor – voy a mostrarles porqué y para qué construí los cuartitos.
Había insultado en forma tan impersonal, tan directamente enfocada a los ¨ hijos de puta ¨ de la municipalidad , que no me sentí ofendido. Mi condición de pobre diablo empleado, después de todo, me ponía a salvo de sus insultos.
- ¿Es un hombre impresionable? – Me preguntó alisándose la camisola sobre el pecho ya de por sí, liso como una tabla. No supe qué responderle. –Lo que voy a mostrarle – agregó - No creo que le guste.
Me pareció que era momento de irme, pero Marlene ya se dirigía, resuelta y hasta cierto punto rejuvenecida, hacia la puerta de cuatro hojas con vidrios repartidos que daba al patio trasero. Se me ocurrió que tendría que arrastrar un pie al caminar o llevar una joroba, pero al contrario, se desplazaba con bastante prestancia.
- No sé …- le dije, sin ni siquiera levantarme. Se dio vuelta hacia mí y con un mohín de niña traviesa me contestó:
- Estos hombres…Vamos, no sea cobarde.
El patio y el parque traseros mostraban, en cierto sentido, un mayor cuidado que el jardín de la entrada, aunque el pasto crecía libremente y los arbustos y enredaderas se degeneraban en ramajes interminables sin ninguna clase de flores. Había una fuente de agua mohosa con la escultura de una nereida, y al fondo, contra la medianera de la derecha, se encontraban los cuartitos, los tres en línea y separados entre sí por espacios de unos cincuenta centímetros. Cúbicos, de ladrillo a la vista, cada uno con una puerta y una ventana de hierro, todos orientados hacia el mismo lado. Marlene me sonrió, parecía complacida por lo que iba a mostrarme. A la luz de la tarde su piel se veía amarillenta y desquebrajada, de distintas tonalidades según las distintas partes de su cuerpo, como si se tratara de una persona construida con pedazos de otras.
A pesar de sus pies descalzos cruzamos el parque caminando por una larga senda de pedregullo. Marlene se desplazaba con liviandad y confianza, pero su silueta esquelética daba la impresión de desintegrarse de un momento a otro. Llegamos al primero de los cuartitos, abrió la puerta sin llave, le dio un leve puntapié como para destrabarla y entró, descorrió las cortinas y se quedó mirándome, yo me había detenido ante el vano de la puerta sin atreverme a entrar, pero ya desde donde estaba podía observar lo que ella estaba mostrándome: un hombre inconsciente postrado en una camita de una plaza, con máscara de oxígeno, sondas, un par de cables que lo conectaban a alguna clase de aparato. Verde como un muerto, con el pelo escaso, macilento, largo.
Marlene no abrió la boca, salió del cuartito, se dirigió al que seguía la fila y repitió la presentación. Yo tardé en seguirla, me demoré algunos segundos impresionado por lo que acababa de ver; cuando llegué a la puerta del segundo cuartito ella ya estaba saliendo, con un movimiento de cabeza me señaló la segunda camita: en el mismo estado que el hombre de la primera, había un adolescente, o lo que se suponía debía ser un adolescente. Sobre la cabecera de la cama había colgado un crucifijo de hierro pero el resto de las paredes estaban desnudas, pintadas de blanco. También tenía máscara de oxígeno y los mismos cables y sondas lo unían a similares aparatos y recipientes. Un vaho a alcohol mezclado con excrementos me hizo retroceder, y Marlene ya había abierto el tercer cuarto donde permanecía, en el mismo estado que los anteriores, lo que alguna vez abría sido una joven. De los tres, era la que más tenía aspecto de cadáver, tal vez porque era tanto o más fea que Marlene.
Marlene salió del tercer cuarto y se apoyó de espaldas junto a la pared, cruzada de brazos y mirando un punto en el infinito. La actitud en sí suponía entre nosotros una confianza que no existía. Parecía una esposa enojada o una amiga a punto de hacerme una confesión. Yo di la espalda a la chica moribunda y me quedé mirando la fuente.
- ¿Y? – Preguntó desafiante. Yo no respondí. –Son tres vegetales.
Una vez superada la primera impresión, entendí que en aquella mujer no había sordidez ni mala intención. No me pregunten cómo, a veces uno entiende y basta, es como cuando nos llevamos mal con alguien aún antes de conocerlo. Uno se lleva mal con un compañero de asiento de colectivo, con un cartero que ve por primera vez durante diez segundos. Siempre creí en el odio a primera vista mucho más que en el amor a primera vista. Bueno, con esa certeza inexplicable supe que la situación era, en cierto sentido que no voy a tratar de explicarles…: favorable.
Así que me apoyé en la pared junto a Marlene, y encendí un cigarrillo.
- Usted es un hombre que ha vivido – me dijo con convicción. Yo le ofrecí un cigarrillo pero lo rechazó. – Mirándolo bien, no parece un pobre empleado municipal.
Por un momento me pareció que sospechaba de mí, y lo que es peor, me sentí culpable de formar parte de alguna suerte de conspiración que estaba en la cabeza de Marlene, y de una manera extraña se había consolidado en la mía.
No supe qué decir, pero con el paso de los minutos, después de tres pitadas al cigarrillo y gracias al silencio, la sensación de culpa e incomodidad se había disipado. Entonces me atreví a preguntarle qué había querido decir.
- No soy una jovencita, tengo cincuenta y tres años. Usted no será un hombre elegante pero tampoco es un empleado llenapapeles.
Yo ya sabía de sobra que no era un hombre elegante, pero no me gustó que me lo dijera. Más de una vez me había preguntado cómo es eso de la elegancia, cómo, teniendo dinero para comprarme la ropa que se me diera la gana, no podía transformarme en un hombre que impresionara por su presencia. Hay otros que lo consiguen con un pantalón bien planchado y un saco sport, entran a un bar y las mujeres los miran. A mí eso nunca me pasó, ni siquiera de joven.
Marlene me miró, sonrió como si hubiera adivinado mi pensamiento, y para rematarla dijo:
- Yo también siempre quise ser una mujer hermosa.
Lejos de incomodarme, sentí que éramos viejos amigos. Si me preguntan, no creo en la amistad entre el hombre y la mujer, me parece que en ese vínculo siempre hay una pizca de deseo, y también creo que una amiga que no te desea es una amiga que te humilla. Miré a Marlene de reojo, no sé si para confirmar o desterrar mi teoría, me devolvió una desagradable mirada de circunstancia, me incomodó tanto que me sentí obligado a decirle algo.
- ¿Qué les pasó? –Pregunté.
- ¿A quiénes?
Era ridículo, estábamos tan compenetrados en nuestros propios pensamientos que casi nos habíamos olvidado de los tres vegetales postradas en los cuartitos.
- A ellos.
- Mi marido sufría un mal congénito hereditario, se lo pasó a mis hijos, un estado vegetativo en latencia que se dispara con el sarampión.
- ¿El sarampión?
- Se da un caso cada veinte millones de personas – hizo una pausa -, parece que buena parte de las probabilidades de toda la humanidad se encuentran en esta casa. – Me pareció que no tenía nada para decirle, ella continuó: - La desintegración del cerebro es progresiva, puede durar veinte años o más. Yo no podía pagar hospitales, médicos, enfermeras y sanatorios por veinte años, pero tampoco quería tenerlos adentro de la casa como al principio porque era como vivir en el infierno. El colmo es que quieran cobrarme impuestos por estos cuartitos miserables. – Una amargura y un resentimiento inconmensurable le recorrieron el cuerpo de tal manera que por un instante fue todavía más fea, una especie de espectro de ese infierno que afirmaba tener en su propia casa- Son bóvedas – agregó con una voz lúgubre - tres bóvedas para personas casi vivas, casi muertas.
Apagué el cigarrillo y me quedé con la colilla en la mano.
- Puede tirarla ahí, en cualquier parte.
Sobraban los rincones con arbustos y hojas muertas apelmazadas, me deshice de la colilla con un movimiento preciso.
Marlene cerró las puertas de los tres cuartitos y me invitó a volver al living. Yo eché una última mirada al lastimoso cuerpo del marido, ella retrasó un instante el movimiento de cerrar la puerta como para no hacerlo en mis narices. De alguna manera, comprendía mi curiosidad. Levanté los hombros pidiéndole disculpas y ella me comprendió con una sonrisa pérfida, como si hubiera leído los peores rincones de mi alma.
Tomé mi portafolios para irme, pero ella me pidió que me quedara; volvimos al living y nos sentamos otra vez en los sillones. Había olor a churrasco a la plancha, antes no lo había notado.
- Entonces – preguntó - ¿Cómo podríamos hacer para que los cuartos no aparezcan en los planos?
La pregunta conllevaba una evidente carga de malicia.
- Debería informar que son casillas de madera, que se guardan elementos de jardín y cosas por el estilo.
- ¿Desde el cielo no se ve que son de ladrillo?
No estaba tan seguro, yo no tenía acceso a las fotografías aéreas, pero le dije que no. Lo de las casillas de madera sí era cierto, nos lo habían enseñado en el curso como parte del protocolo.
- Si informa que son de ladrillo ¿no importa lo que haya adentro?
- No entiendo.
- Toda una familia de vegetales, nadie debería cargar con esa cruz y encima pagar más impuestos.
La afirmación era tan cínica que no pude evitar una mueca, casi una sonrisa. Entonces me dijo que yo tenía los dientes perfectos. Agradecí, pero bajé mi labio inferior y le mostré que mis dientes de abajo estaban muy separados.
- Igual es una hermosa sonrisa.
Para superar el momento tomé la planilla de catastro, marqué la casa con una cruz e indiqué con una flecha: CASILLAS DE MADERA. No era el procedimiento pero quería salir de ahí lo antes posible.
- ¿Quiere tomar un vaso de vino tinto?
- No tomo vino, gracias.
- Ayer leí un reportaje a una modelo de la revista Play Boy, una chica que decía que la seducían los hombres que toman vino tinto.
Ya me estaba poniendo de pie para irme.
- Volviendo a lo que estábamos hablando ahí afuera, una se pregunta qué sentirá una muchacha que es así de hermosa. - Yo ya estaba de pie, con el portafolios en la mano y todos los papeles guardados, pero Marlene no parecía dispuesta a despedirse . – Imagine que usted viene aquí con este asunto de la municipalidad y se encuentra con una mujer como esa, una chica de pechos turgentes que le muestra a toda su familia semimuerta y le pide que ponga que esos edificios clandestinos son casillas de madera. ¿Qué haría?
Había dicho ¨ edificios clandestinos ¨ como riéndose de mí y de toda la legalidad del mundo. No me salió una palabra, sólo pude responder con una risita nerviosa. La idea de la modelo de Play Boy me había excitado, pero en boca de aquella mujer horrible de verdad me asustaba.
- Venga aquí – ordenó suave y sutilmente, y con la palma de la mano dio dos golpecitos en el sillón al lado de su asiento, me invitaba a sentarme como si llamara a un perro. – Yo no sé qué será usted – agregó - pero seguro no es nada de lo que dice.
Tal como ella lo proponía, y mientras buscaba en mi interior la fuerza de voluntad necesaria para abandonar la conversación y la casa, me preguntaba qué habría ocurrido si aquélla situación se hubiera desarrollado con una mujer hermosa. Por ejemplo, pensaba, el hecho de que me llamara a su lado como un perrito faldero, no resultaría ofensivo.
- La verdad – le dije casi temblando – es que debería irme.
- Yo le mostré mi peor secreto. Usted siéntese aquí y dígame quién es en realidad.
Me senté a dos cuartas de distancia de donde me lo había ordenado. Marlene se reclinó un poco hacia el respaldo y otro poco hacia mí, todo lo que intentaba llevar a cabo como sugestivo me resultaba irritante e invasivo.
- Vamos – ordenó con cierta ternura - Dígame la verdad - alargó su brazo y me puso una mano firme y caliente sobre la nuca. Como tocado por una nefasta varita mágica, la angustia que había acumulado en esas semanas de humillación se abroqueló en mi garganta, entonces comencé a llorar, no me pregunten porqué no pude controlarme, pero dejé mi portafolios en el piso y no pude contener un llanto que casi ni sabía de dónde provenía. Le confesé mi verdad en medio de sollozos, conciente de mi patetismo pero tan apenado como si fuera responsable de un asesinato:
- Tengo dinero y tengo tiempo pero no sé qué hacer con eso,…mis hijas inventan mil excusas para no venir a visitarme… me busqué este trabajo para ocuparme con algo. ..toda mi vida odié estos trabajos de mierda con los que la gente tiene que ganarse la vida… pero parece que la imaginación no me da más que para esto…
Cuando me quise acordar, Marlene ya me tenía abrazado y mi nariz andaba entre los huesos de su escote, olía a jabón blanco. Ella sola nos desnudó a los dos, y yo estaba como si de verdad hubiera tomado tres botellas de vino tinto. Creo que mientras hacíamos el amor me dijo varias veces ¨ niño ¨ o algún nombre que no era el mío. Su orgasmo fue como el de cualquier mujer, fea o hermosa, mientras yo cerraba los ojos y trataba de tocarla lo menos posible.
Un rato después nos despedimos con un apretón de manos en la puerta de calle, los dos dimos por sentado que no volveríamos a vernos y que yo informaría que los cuartitos del fondo eran de madera y contenían herramientas de jardinería, así que no hablamos más del asunto.
Camino a casa me hice las preguntas más triviales: ¿porqué había depositado a su familia en tres cuartitos separados? ¿porqué había dejado una distancia de cincuenta centímetros entre las paredes de cada cuarto? ¿a qué edad se había enfermado cada uno de ellos? ¿Cuánto tardarían en morirse? En fin, tal vez fuera una estrategia para no pensar en lo que de verdad había pasado.
Al día siguiente me disculpé con Héctor y renuncié a mi puesto de inspector. Por ahora, la verdad, sigo sin saber en qué ocupar todo mi tiempo.
Es vergonzante, lo sé, pero no puedo evitarlo.


sábado 8 de noviembre de 2008

POR FERNANDO PEÑA (Adhiero 100%)

Hace muchos años cuando era adolescente y fumaba, apagué un cigarrillo en un pocillo de café, cuando el mozo me cobró y retiró las cosas me enseñó algo que nunca olvidaré. “¿Usted se tomaría un café en este cenicero aun sabiendo que está recién lavado?”, me preguntó. Me mató. Enseguida comprendí lo que me quería decir… que cada cosa en su lugar. No es lo mismo tomar vino en un vaso de plástico o té en una copa. Las sensaciones van acompañadas de objetos y esos objetos nos producen recuerdos imborrables, asociaciones. Ocurre lo mismo con millones de ejemplos, por ejemplo no es lo mismo cortar queso en una tabla que en un plato. Nada más desagradable que comer torta en un platito de cumpleaños descartable o comer sushi con cuchillo y tenedor.

Hay un buen uso y un mal uso para las cosas. Un piano puede ser usado para tocar una hermosa obra de Beethoven o se lo puede tirar de un séptimo piso y matar a una persona. El fuego puede ser usado para destruir un bosque o para hacer un buen fogón en un camping.

Últimamente noto cada vez más que le estamos dando un mal uso a las cosas. Sin ir más lejos hace un par de semanas estando de gira por el interior vi que en un teatro usaban libros para mantener cerrada una ventana. No sé bien si los celulares están sirviendo para comunicarnos o para incomunicarnos. Si seguimos así los autos pronto van a matar más gente de la que transportan.

El tiempo está mal usado. Las relaciones están mal usadas y hasta es un desperdicio lo que estamos haciendo cada uno de nosotros con nuestro ser.

La gente ya no se viste, se tira la ropa encima. No se eligen las palabras antes de hablar, los diálogos son cataratas verborrágicas sin sentido. Cada vez pensamos menos en nuestras necesidades y cada vez más obramos por reflejo. Copiamos lo que vemos. Adquirimos costumbres. ¿Y el individuo? ¿Qué es lo que cada uno de nosotros necesita? ¿Qué es lo que nos hace bien?

Siempre me llamó la atención el color de pelo que adoptan las mujeres argentinas. Me refiero a esos colores castigados, oxidados. Esos reflejos rubios, añejos, pasados de moda y siempre de moda. ¿Están contentas con ese color? ¿Se pusieron a pensar en otra alternativa? Hace poco fui a la casa de una amiga mía que anda corta de guita y tuvo que dejar de hacerse los famosos reflejos argentinos. Está canosa y le queda hermoso. Cuando se lo dije me dijo que todo el mundo le dice lo mismo. Era cuestión de probar nada más.

Casi todo es mejorable. Para mejorar las cosas hace falta poca plata y a veces nada de plata. Cuando las cosas empiezan a andar mal, generalmente nos desanimamos y bajamos los brazos. Es típico en los autos, se rompe algo, no lo arreglamos enseguida y el auto se viene abajo en un año.

En las sociedades y en el mundo está sucediendo un poco eso. Me animo a decir que la mayoría, o por lo menos los problemas más importantes de este mundo no se deben a que no hubo dinero para solucionarlos. Se deben al desgano, a la pereza, al abandono y al desprecio por nuestra calidad de vida.

Sí, hay que estar muy atentos para vivir bien. Estar atentos habla de colaborar, de estar dispuestos. A cada minuto suceden cosas que pueden ser mejoradas, o pueden ser hechas de mejor manera. Esto pasa ya sea en el cuarto de un adolescente o en el despacho de un ministro. Pasa en la cocina de un hotel o en la torre de control de un aeropuerto. Pasa en un jardín o en una biblioteca pública. Las cosas no andan mal por sí solas.

No solamente se requiere de mucha responsabilidad para vivir sino que también es necesario tener vocación de vida. La vergüenza es otro ingrediente casi indispensable que mejora mucho el estado de las cosas y cómo vivimos. El estar pendientes de nuestra inteligencia, de la alternativa, de la creatividad y del sentido común también mejora el estado de las cosas.

La gente que cumple me produce una sensación casi vomitiva. Es la gente que se saca el trabajo de encima, la gente que no ama lo que hace y que no trabaja para lo que ama.

La semana pasada estaba en un hotel en Santa Fe, llamé a la recepción para pedir que me subieran los diarios locales. A los diez minutos la señorita con la que había hablado me llamó diciéndome que ya no había ningún diario local, que se los habían llevado todos. Le pregunté si no era posible que fuera un botones a comprarlos a lo que me contestó que sí. De eso hablo. ¿Cuánto cuesta un diario? ¿Por qué no se le ocurrió tomar la iniciativa de mandar a comprar los diarios?

Hay gente que nace con iniciativa, ganas, sentido común y amor propio, otra que no. Otra aprende. Otra jamás. Me gustaría repetir el experimento del cigarrillo hoy en un bar y ver cuántos mozos me llaman la atención. Es un ejemplo pequeño, chiquito. Varios pensarán que es casi irrisorio. No estoy de acuerdo. Son las pequeñas diferencias que hacen que el estado de las cosas tome otro rumbo.

La palabra “casi”, “y bueh”, “ta’ bien”, son palabras enemigas. Correr algo diez centímetros marca una diferencia. Ser puntuales, que una copa esté limpia, también marcan una diferencia.

El último ejemplo: ¿se fijaron que casi ninguna puerta, hablo de las puertas interiores de las casas o de cualquier lugar, no tienen su llave correspondiente puesta? No da lo mismo. ¿Y si la quiero cerrar? ¿Para qué está la cerradura? No da lo mismo. El abandono y el desinterés con el que estamos tratando al mundo y a nosotros mismos es vergonzoso e insultante.

Quiero más gente como ese mozo. Es tan fácil…

Es tan difícil…


martes 4 de noviembre de 2008

TRES




Resultaba veleidosa. A través de los barrotes de mi balcón podía espiarla mientras iba y venía de calle a calle con su bicicleta de asientito. Yo sabía que sacaba a pasear a su hijo toda vez que su marido, ebrio y dormido, le daba una oportunidad de respirar vida. El pelo platinaba la tarde cada tres semanas y después se iba oscureciendo y cuando otra vez el castaño servía de bandera ondeante para aquellos paseos furtivos, volvía a teñirse. Me hacía bien saber que lo hacía por mí y para mí.
Yo me desplazaba en mi silla y a duras penas atravesada los rieles de la ventana balcón que sobresalían del piso parquet, después me dejaba caer pesadamente en la pequeña terraza y me escondía atrás de los barrotes. Así me quedaba espiándola desde nuestro tercer piso hasta que por la noche llegaba mamá y me preguntaba porqué otra vez en aquélla posición y en aquel lugar y amenazaba con clausurar la ventana con tablas de madera.
Mamá paraba la silla en cuatro ruedas y me ayudaba a alzarme y comíamos las milanesas con papas fritas babosas o el pollo frío y grasoso comprados en la rotisería. Durante la cena compartíamos pocas palabras y mi madre me miraba con sus ojitos de laucha inquisidora; yo no pensaba compartir con ella mi secreto.
Veleidosa era una palabra que había leído en un libro de antiguos cuentos chinos y se me había ocurrido la palabra justa para describirla. La busqué en el diccionario y la encontré tan apropiada para ella como cualquiera de sus ropas, esas que, más que vestirla, la acompañaban como buenas amigas, porque si algo era admirable en esa mujer que paseaba por las tardes en bicicleta era lo bien que le sentaban la gravedad, el viento, el reflejo naranjo del sol, como que había sido creada para la naturaleza de este mundo y ningún otro.
El cuento chino hablaba de una princesa y un mandarín, como todos los cuentos chinos de ese libro. El mandarín anciano e impotente sospechaba y padecía por la belleza de su amada princesa, que en prenda de su fidelidad ofreció amputarse una parte del cuerpo por cada infidelidad comprobada en base a testimonios de testigos. Resultó que en la corte contaba con tantos pretendientes rechazados que más pronto que tarde debió soportar la extorsión de los más viles, o de todos. El trato que los cortesanos le proponían era sencillo: o se entregaba a ellos o se declaraban testigos de amoríos inventados e inexistentes. Como la princesa no cedió, fue perdiendo uno por uno los miembros de su cuerpo: dedos, pies, piernas, manos, brazos, y por último la cabeza. En la base de la pira donde ardieron finalmente sus restos, los despojos de la que había sido la mujer más bella del reino, un consejero del mandarín se atrevió a susurrarle:
No debiste confiar en esos hombres más que en tu propia mujer. A lo que el mandarín respondió:
Veleidosa, no debió tentarme.
Los sábados a la tarde, enseguida después del almuerzo, mamá me sacaba a la plaza y allí la encontraba regocijándose con su hijo en el borde del arenero. Yo me liberaba de la tiranía de los empujones desacompasados de mi madre y me adueñaba del comando de las ruedas y me acercaba lo más posible para verla jugar, olerla, preguntarle por el nombre del chico, mientras mamá se sentaba a tejer en el banco de madera, a la sombra de los ficus, esos que con sus raíces destrozaban las veredas.
Diría que la primera vez respondió con desconfianza, todo era sacarle con tirabuzón, como se dice. Además sufríamos demasiado calor ese verano y la musculosa que ella llevaba puesta y sus pantalones ajustados hasta a mí me incomodaban. Era difícil sustraer la mirada de todo lo que en su cuerpo sobresalía. Recuerdo que se fue enseguida y yo me esforcé por no mirar su partida.
¿Qué le dijiste? Fue el único comentario de mamá.
Pero el segundo sábado era ella la predispuesta al diálogo, y mientras su hijo trasvasaba arena de uno a otro balde con una palita, empezó preguntándome cómo me llamaba, aunque ya lo sabía.
Carmelo es un lindo nombre, aunque ya no se use ¿No? Creo que me dijo, y yo le conté que era la única herencia de mis abuelos, porque de mi padre había recibido la invalidez, y prefirió ignorar ese comentario. A ella le decían Beba.
En el campo de mis tíos había una yegua rubia preciosa a la que llamábamos Beba. Lejos de ofenderse parece que el comentario le vino a bien porque dejó escapar una sonrisa pizpireta, como que entre nosotros había nacido algo.
Ese día mamá se mostró enojada, mientras volvíamos a casa y desde atrás, me recriminó soplándome su mal aliento en la oreja. Debo decirlo, mi madre ya tenía mal olor.
El mal olor es una característica de su familia, al cabo ¨ mi ¨ familia; en los últimos tiempos de mi abuela Aurelia un olor ácido furibundo emanaba de su humanidad toda, tanto era así que mi abuelo hacía años que no compartía lecho con ella a causa de la fetidez. Y después de su muerte y de su entierro hubo que quemar colchón y el elástico de la cama y la cama misma. Hasta la mesa de luz que servía de su lado estuvo a punto de ser arrojada a las llamas.
Así es que el mal olor y las palabras ofendidas y ofensivas de mi madre llegaban desde mis espaldas mientras empujaba la silla. ¿Qué quería esa mujer, eh?¿Y vos?¿Qué querés de ella?
Mi madre nunca pronunciaría las palabras que consideraba aptas para esa mujer, para Beba, y nunca pensó seriamente en alejarme de ella, es que por primer vez en mis cuarenta y tres años tenía la oportunidad de hacer una amiga. A pesar y a causa de su hijo y de su marido borracho y de toda la alegría y toda la voluptuosidad que brotaba de su cuerpo Beba había sonreído para mí y más tarde me había saludado con un promisorio ¨ Hasta el sábado ¨ .
Espiarla me causaba mejores sensaciones que tenerla de visita en casa durante las largas ausencias de mi madre. Vino por primera vez pocas semanas después de conocernos con las pautas convenidas de antemano. ¨ Yo voy, Carmelo, pero no te prometo nada. Vos dejame la llave y estoy ahí con Panchito a eso de las tres de la tarde, el martes. ¨
La ansiedad era una mariposa rechoncha y sucia que quería aplastar con el único golpe de un martillo, sobre piso de tierra, para que no quede ni sombra. El lunes inauguré la costumbre de acostarme en el balcón para espiarla. Ahí mismo me oriné y dormí la siesta y mamá intuyó que iniciaba una nueva tragedia, distinta y a la vez derivada de aquélla que había comenzado mi padre.
Mi padre, no voy a gastar demasiadas palabras hablando de él, sólo para decir que odiaba a mamá y a mí y siempre había amenazado con matarse y matarnos y mamá se había reído de él hasta que mi padre tomó la escopeta y le perforó el pulmón a ella, la columna a mí, y su propia cabeza. Aquellos motes de inútil y atolondrado que le había endilgado mamá, a la larga resultaron ciertos, y gracias a ello cuento el cuento. Yo en su lugar, en lugar de mi padre, antes de dispararme el tiro en la boca habría reasegurado la carnicería, porque la amenaza siempre había sido completa: muertos los tres perros, muerta toda la rabia, pero sólo él se fue de este mundo, por apurado.
Estoy hablando de hace treinta años, yo era siquiera un adolescente y mamá una mujer que cada hombre en el pueblo quería llevar a su cama. Una rubia de grandes ancas tan parecida a las dos Bebas que da que pensar, pero he leído que ninguna historia termina sino con la muerte misma de todos los protagonistas, y que todas tienen retornos, círculos, laberintos, obeliscos, torres y espejos, por eso lo acepto, más como una fatalidad que una rareza, mientras me acuesto en el balcón, y espío.
Imaginen la primera vez, yo sentado frente a la puerta de entrada esperando el sonido de la llave, y Beba que se demora quince minutos más de la hora concertada, quince minutos que resultaron más largos que aquellas dos horas que transcurrieron desde el último disparo de mi padre hasta la llegada de los enfermeros. La cabeza de huevo de mi padre esparcida en toda la cocina, mamá desmayada en un charco de sangre y yo entrando y saliendo de una inconsciencia beatífica que imaginé los portales de la muerte. Beba abre la puerta, escruta el interior del departamento como para reconocer el terreno o evitar una emboscada, y después me dedica una sonrisa que es justo lo que imaginaba: una mujer que viene a mí. Entregada.
Panchito entró tomado de su mano, Beba su madre sacó dos autitos de plástico del bolsillo de su blazer y lo mandó sentarse a jugar en la cocina. Panchito obedeció sin chistar, como si la ceremonia le fuera conocida, y Beba se sentó en una silla frente a mí, se cruzó de piernas y se levantó apenas la pollera.
Cuando veo una pava sobre el fuego imagino cómo será levantar la tapa y hundir la mano en el agua hirviendo. Tal grado de curiosidad es la que siento que una vez estuve a punto de lograrlo, quiero decir, animarme a enfrentar las consecuencias. Como la princesa china, poniendo en peligro un miembro preciado de su cuerpo.
Beba me dijo: Me gusta que me mires, sería precioso que hicieras sólo eso la primera vez. Y con una sonrisa desdeñosa me autorizó a tocarme, aunque yo no se lo había pedido ni lo había deseado. Simplemente me quedé en silencio, contemplándola, como solía contemplar el agua hirviendo, ávido por mutilarme. Apenas algún ruido perdido nos alcanzaba desde la calle y el sonido de motor fingido en la vocecita de Panchito semejaba el canto de un lánguido fantasma, el fantasma de un animal desahuciado. Sólo eso se interponía entre la mujer que me incitaba a la autosatisfacción y yo, que no era yo, era un inválido tembloroso y ardiente pesando como tres caballos muertos sobre una silla de ruedas, con la felicidad o la ilusión de felicidad al alcance de las manos. Una ilusión de felicidad que mi padre hubiera destrozado de tres escopetazos. No sin cierta justicia.
Creo haber heredado el gusto de mi padre por las armas de cierto tipo. La justicia confiscó la escopeta, un machete, dos pistolas calibre 38. Pero salvé de la requisa el revólver Colt plateado con cachas de carey. Un juguete de colección que desde el día de la matanza acostumbré portar debajo de la silla, más por compañía que por protección. Me gustaba sacar el revólver, lustrarlo, regocijarme con la fecha de fabricación y el silencioso giro del tambor de seis tiros.
Beba la yegua era un animal de salto. Daba gusto cepillarle el cogote y peinarle las largas crines. Hasta los trece yo solía montarla en pelo, pero después sobrevino la agresión de mi padre.
Ignoro cuánto tiempo permanecimos uno enfrente de otro, Beba con la pollera cada vez más corta y las piernas cada vez más abiertas. Al final yo estaba anestesiado, las manos me hormigueaban y ese lugar de mi tobillo izquierdo donde sobrevive el último resto de sensibilidad se aplastaba y se enquistaba contra el metálico indicio del apoya pie. A punto de quedarme dormido hasta que Beba se puso de pie con ademán alegre, uno de esos gestos que las mujeres jóvenes y bellas sólo dedican a los hombres que le son indiferentes, para torturarlos, o por simple y malsana ignorancia. No fue hasta cuatro o cinco semanas después que me atreví a pedirle que se tiñera de rubio, y le rogué: Bien rubio.
Como el sol de la mañana como las montañas de oro que persiguen los piratas como trigales a seis días de la cosecha como el ojo en las banderas de guerra como las crines de Beba la más querida yegua como las crenchas de mamá la odiada por mi padre. Por entonces, ya le iba entregando de a poco nuestros ahorros.
Aquello de la pava de agua hirviendo quise probarlo primero en la rodilla; acaso si podía clavarme una aguja de lado a lado sin sentirla porqué no iba a tolerar un pequeño chorro de agua de cien grados. Encendí el fuego, puse la pava, y esperé. En momentos de espera nada como pensar en insectos, a mí me gustan esos programas de Animal Planet donde hormigas rojas del tamaño de sapos se comen a los cascarudos; el día que convenza a mamá de comprar una computadora voy a entrar en todos los sitios sobre insectos, tan hermosos para admirar su fuerza como para pisarlos. Porque si vas a matar algo, tiene que ser algo fuerte y hermoso. ¿O no?
El agua ya estaba hirviendo. Agarré una manopla de sobre la mesada y con la manopla el asa de la pava, con tantísimo cuidado, lo único que faltaría a un lisiado es desfigurarse el rostro con una quemadura. Me bajé los pantalones hasta las rodillas, esas rodillas de paralítico que hasta mí me dan un poco de pena, y volqué las primeras gotas, humeantes, curioso por ver lo que sentía. Y nada, como atravesarme una aguja en el pié de lado a lado, entonces, de a poco y sin darme cuenta la fui volcando toda, sobre la rodilla y a lo largo de la pierna, y me daba cuenta que el agua hervía por el vapor y por cierto tufo a carne hervida. Pero no sentí nada de nada.
En la segunda visita Beba también saco dos cochecitos del bolsillo y mandó a Panchito a jugar en la cocina. Se sentó enfrente de mí, como la primera vez, pero se puso a contarme de su vida. Era difícil atender las palabras de la mujer que abría sus piernas un par de metros delante de mí, dejando ver una bombacha negra y sus muslos brillantes y suaves. ¿No son hermosos? Inquirió hiriente mientras se los acariciaba provocativa y patética, como si en un par de minutos hubiera envejecido veinte años. Y esa fue la primera vez que la odié, y de haber tenido piernas para hacerlo la habría echado a patadas de mi casa, a ella y a su estúpido hijo que jugaba en la cocina como un corderito degollado. Pero enseguida me sentí mejor, y el odio cedió, y lo único que recordé o lo que más recordé de su relato era que alguna vez, en algún tiempo de su niñez, sus padres le habían dado a comer excremento de gallina.
Cada vez que visitábamos el campo de mis tíos mamá disfrutaba la costumbre de galopar montada en Beba la yegua. Sus hermanos mis tíos jamás dejaron de admirarla y criticar por ser una amazona feroz, que no tomaba demasiado registro del paso de sus años, tanto así que el animal debía esforzarse cada vez más para cumplir con sus caprichos. Mamá se divertía saltando sobre pajonales, alambrados, tranqueras. Daba gusto ver volar a las dos rubias y en esos momentos me parecía olvidado todo lo que había pasado con mi padre, y mi propia inutilidad sobre la silla de ruedas, en medio del camino de entrada desde el sendero de los tilos y los frutales, hasta el acceso a la casa, quedaba olvidada con la sola contemplación de aquellas cabalgatas.
Beba la rubia meneó las caderas y llevó la mano derecha a la nuca: ¿No parezco una conejita de Play Boy? Desde ahora vas a tener que pagarme el doble, se rió con esa risa disparatada y alegre y yo pensé pagar el doble por nada, mientras por esa nada se iban yendo todos nuestros ahorros. ¿Qué pasaría cuando mamá le hiciera una visita a nuestra caja fuerte? Y sin embargo era mía, pocos hombres tienen una mujer que martes tras martes viene hasta su silla de ruedas a mostrarle las piernas y dejarles ver sus encajes mientras relata cómo sus padres le daban a comer excremento de gallina: Éramos tres hermanas, la Yoli, la Dominga y yo. Yo era la mayor, la Yoli los tenía comprados a todos y hacía lo que le daba la gana, pero la Dominga era medio estúpida, y siempre se la agarraban con ella. Quiero decir que si para la Yoli era sí para la Dominga era no, y si para la una era blanco para la otra era negro ¿Entendés? Y a mí se me revolvían las tripas porque si hay algo que no soporto son las injusticias. Entonces Bebita querida si no soportás las injusticias dejame que te bese las piernas, rogaba yo, pero ella se mantenía inflexible. Hasta que un buen día la Yoli va y le espanta a la Dominga sus amigas nada más que por amargarle la vida, y cuando la Dominga reacciona van sus padres y le pegan una buena paliza, primero mi madre, y después mi padre. Entonces yo me les planto y les digo que son una mierda. Tenía once años, Dominga nueve y la Yoli diez. Así que vos sabés mucho sobre la mierda, ironizaron sus padres, y ahí nomás fueron al gallinero y le sirvieron un plato de excremento de gallina. Y lo vas a comer a como sea. No puedo explicarte el gusto de esa inmundicia, picante y ácido y caliente y de una consistencia que te desata arcadas atrás de otras. Pero no tuve mejor idea que decirles que estaba delicioso, y me la gané de postre para toda la semana.
Cuando mamá descubrió las piernas quemadas al borde de la infección puso el grito en el cielo, y yo lo único que hice fue llorar, y rogarle que no me llevara al hospital. ¿Pero porqué lo hiciste, hijo de Dios? No puedo explicarlo, sólo sentí deseos de lastimarme.
Las dos estaban más viejas y pesadas, será por eso que a Beba la yegua le costaba cada vez más esfuerzo transportar a mamá, y mis tíos se lo habían advertido y en cierto modo esperaban el accidente final para descargar sobre ella todos los reproches y sobre la inocente Beba el balazo final, porque en esas cuestiones no se puede ser dubitativo como mi padre. Era el mes de junio y lo recuerdo por el día de la bandera, mamá saltó dos alambrados y después una tranquera, Beba ya no volaba, y del otro lado la sorprendió una cueva de vizcacha, y la pata fue bien al fondo y se le quebró en seis partes. El alarido de mamá y el relincho del animal fueron al unísono, como eran al unísono los gritos de la princesa y los lamentos del mandarín cada vez que le cercenaban alguno de sus encantos. Después mi tío trajo la pistola de dos caños y obligó a mamá a terminar lo que había empezado. La obligó así, con esas palabras. Pero mamá no quiso hacerlo y no pisamos el campo nunca más, desde que mi tío sacrificó la yegua.
Mamá descubrió la falta de nuestros ahorros pero no dijo nada. Nos tendió una emboscada y un martes a las cuatro de la tarde se presentó en casa como si nada. A esa altura yo ya sentía por Beba un resentimiento difícil de disimular, y creo que Beba lo sabía y eso era parte de su excitación, y de la mía. Se abrió la puerta de entrada y mamá saludó Buenas tardes qué sorpresa y lo primero que llamó su atención fue la presencia de Panchito en la cocina ¿Qué hace él aquí? Como si la presencia del chico le impidiera hacer lo que había venido a hacer. Estamos de visita.
La escena no fue demasiado larga. Yo saqué la Colt de abajo de mi asiento, y apunté. Alguna vez me había imaginado obligándola a Beba a que hiciéramos algo, si después de todo lo estábamos haciendo a cambio de mi dinero. También había temido el berrinche de mamá el día que abriera nuestra caja fuerte, y por algún motivo necesitaba finalizar la obra de mi padre. En cuanto a Panchito, con todas esas horas jugando como un estúpido con dos cochecitos en el piso de la cocina, era de los tres, el que más se lo merecía. Pero la Colt, yo lo sabía, no tenía balas. Hice los ruidos con mi boca: Pum – Pum – Pum – Pum. Mientras nos apuntaba a los cuatro, uno por uno. Es impresionante el desequilibrio que puede causar un solo participante en este mundo, porque si hubiéramos sido tres, tal vez hubiera tenido balas, y habría terminado de una vez con todo el asunto.
Mi madre tapió la ventana con sus tablas de madera, y empezó a sacarme los domingos en lugar de los sábados. De Beba, la tercer rubia, no supe más nada.

2004/2005


miércoles 15 de octubre de 2008

NADIE SONRIE EL SABADO POR LA MAÑANA




Te gusta el color de tus zapatillas, cómo te queda la remera, las ojeras que han desaparecido esta mañana. Entonces salís a la calle y aspirás el afrodisíaco aroma matinal o el olor a bosta de caballo, según el barrio en que te haya tocado nacer, vivir o desarrollarte. Todo está fantástico o todo es un auténtico desastre y que no vivas en Irak no te asegura que llegues vivo al final de este día. Sin embargo, das el próximo paso. ¿Cuál es la ilusión? ¿Se lo preguntará este hombre? ¿cuál es la ilusión? Y quiero saber cómo se llama.
Me acerco y le pregunto el nombre. Es temprano, son menos de las 8: 30 del sábado y es demasiada la gente que aún está durmiendo, sobre todo en mi casa, pero salí a dar una vuelta para que mi perro haga sus necesidades. Salvo la chica de la limpieza en casa soy el que más temprano salta de la cama.
Señor, ¿cómo se llama?
Augusto.
Vaya nombre! Por ponerlo en términos de traducción mexicana. Augusto. ¿Y porqué sonríe esta mañana?
Caminamos a la par. Me pregunta porqué no soy una mujer joven y hermosa en lugar de este viejo recalcitrante que soy. Simplemente le respondo que no lo sé. Si fuera una mujer joven y hermosa estaría durmiendo en bombacha frente al espejo de modo que quede bien visible la raya del culo.
Pero sería su propio culo!
Es cierto, le digo, es una lástima que a nadie le interese la propia raya de su propio culo.
Seguimos a la par. Augusto lleva una gorra tejida negra y blanca, de círculos concéntricos. Me dice que anoche tuvo un sueño, casi estaba por despertar y un ángel bajó del cielo o subió del infierno y le dijo que ese sábado apenas saliera de su casa para leer el diario y tomarse el consabido café con leche con una medialuna de manteca, una mujer joven y hermosa se le acercaría y le preguntaría su nombre, caminaría junto a él por las veredas del barrio, hasta el bar, lo acompañaría tomándose un cortadito suave con sacarina y antes del mediodía terminarían en la cama. Al parecer había sido un sueño mucho más realista que un simple sueño: había sido un mensaje, una premonición, una anticipación. Bien, bien, lo detuve, no hace falta buscar tantos sinónimos.
En español no existen los sinónimos, dijo, apenas las ideas afines. Resultó ser, además, profesor de literatura.
Me vi obligado a confesarle mi animadversión hacia la literatura.
¿Porqué la odia?
No hay obligación de saber porqué uno odia las cosas ¿o sí?
Yo odio que usted no sea la mujer hermosa de mi sueño. Es un viejo carcamán igual que yo, encima acompañado por un perro pulgoso ¿nunca se le ocurrió conseguir un perro como la gente?
Morfeo se dio por aludido, pegó el trasero contra la vereda, dio las cuatro vueltitas de rigor y despachó una retahíla de heces amarronadas de dudosa consistencia. Augusto me miró como si yo fuera culpable de algo, pero por suerte estaba preparado: saqué la bolsa de nailon del bolsillo de la campera, me la coloqué a modo de guante y junté los excrementos. Continuamos caminando.
En el sueño, que más que sueño era una anticipación, la mujer se parecía a Scarlett Johansson y se me acercaba sorprendida por lo inexplicable de mi sonrisa, una sonrisa tan temprana, y un día sábado.
¿Por eso sonreía?
Sonreía por el sueño, por lo divertido y por las dudas, y entonces apareció usted.
Que no me parezco a Johansson.
Y anda con este perro desagradable.
La avenida queda a dos cuadras. Me pregunto si estoy obligado a desayunar con él. Es inevitable, también, pensar en los avatares de esta mujer tan hermosa que todavía no se le presentó esta mañana. ¿Y si se le presentara ahora? ¿Y si el sueño, anticipación o lo que fuera no estaba dirigido a él, sino a mi? Después de todo había sido yo la persona con generosidad suficiente como para acercarme a él, a Augusto, y preguntarle por una simple sonrisa matinal, como si nadie sonriera por la mañana en este mundo. La verdad: nadie sonríe por la mañana en este mundo.
Mientras avanzábamos, y mientras Morfeo correteaba de aquí para allá porque yo había decidido soltarlo de su correa, sentí envidia de las zapatillas de Augusto, no sé si eran las zapatillas en sí o la forma elegante en que las llevaba. Augusto es un tipo alto, al menos más alto que yo, y tiene mucho más pelo y su espalda es recta como una tabla y con sólo verlo uno ya sabe que dispone de una serie de conocimientos, algún que otro éxito y un poco de dinero. Y si fuera mucho dinero tampoco me sorprendería.
Si bien las palomas a veces son un asco y mucho más cuando revolotean en cercanías de la basura, me reconfortó ver una bandada cinco o seis pasos delante de nosotros, disputándose un paquete rotoso de harina de maíz. Atravesar una bandada de palomas te hace sentirte menos miserable, mucho más si entre las blancas y pequeñas parloteadoras hay una azul horrible de las grandes, esas que hinchan el cogote como gansos asustadizos y sobrevuelan a saltitos sus misérrimas patitas: cuuhúu…cuuhúu
Llegamos a la avenida y entramos juntos en el café. Yo no tenía dinero porque nada más había salido a pasear a Morfeo, pero lo até con su pretal a una columna de alumbrado y entré con Augusto, y me senté enfrente de él en la misma mesa. La verdad que en ningún momento me hizo sentir que lo estuviera molestando.
Volviendo a Scarlett Johansson. Me dijo antes de pedirse el café con leche. No me preocupa tanto que usted no sea ni se le parezca, que sea un viejo, que pasee un perro horrible, me preocupa que quiérase o no, lo acepte o no, usted es el resultado de ese sueño.
Miré hacia la puerta de entrada y pregunté ¿Qué pedía la hermosa mujer rubia en esta mesa?
Un cortadito liviano con sacarina, si mal no recuerdo.
Así que Augusto pidió su café con leche con una medialuna de manteca y yo mi cortadito liviano con sacarina, para empezar a ordenar las cosas. A través de la vidriera veíamos a Morfeo ladrándole a la asquerosa bandada de palomas. Morfeo sólo ladra cuando tiene miedo, y casi siempre tiene miedo, le tiene miedo a todo. Pero le gustan las medias sucias, busca medias sucias por toda la casa y se las lleva a la boca y las mastica como si fueran chicle, o huesos, o quién sabe qué, pero lo cierto es que le gustan las medias sucias.
Yo tengo un hongo en una uña del pie, le dije a Augusto, que al principio no comprendió el porqué del comentario, entonces le expliqué sobre Morfeo y su gusto por las medias sucias.
Aha…ahá…, Augusto y ese aire de catedrático que ya empezaba a molestarme.
Mis medias, a causa de ese hongo, que tengo en el dedo gordo del pie izquierdo, y es raro porque no se contagia a ningún otro, tienen un olor espantoso. Todas mis esposas se han quejado del olor de mis medias pero yo nunca supe cómo solucionarlo ¿usted piensa que no lo hubiera solucionado de ser posible? ¡Claro que sí!
Exageré con énfasis inusitado el ¡CLARO QUE SI! Una fuerza proveniente de cientos de humillaciones, mis mujeres cada mañana gritando atrocidades sobre el olor de mis medias, aunque no eran las dos medias, era sólo una, pero a tus esposas no les importa si el olor a hongo proviene de una media o si proviene de dos ¡Cómo si fuera lo mismo! ¡hay un ciento por ciento de diferencia! ¡No es lo mismo uno que dos! ¿Acaso no lo entienden?
Yo tuve un hongo una vez, dijo Augusto. Pero habló de ese hongo con suficiencia, como cosa de pasado, de un pasado remoto, un pasado superado gracias a su eficacia para dar por tierra con los problemas. Yo en cambio, a esta altura de mi vida seguía lidiando con mi hongo. Ahora resultaba claro, por fin las cartas estaban echadas sobre la mesa: él triunfaba en la vida, podía con los hongos de sus pies y todas esas cosas, en cambio yo no. Todo estaba dicho con muy poco.
En fin, que Morfeo disfrutaba increíblemente de mis medias con olor a hongo, esos que salen bajo las uñas y las ponen verdes y quebradizas.
¿Qué habrá del sabor?
Creo que en toda la mañana había sido la primera frase simpática. No podía culparlo, después de todo había aparecido yo en lugar de Scarlett Johansson. Pero cuando habló del sabor del hongo de mi uña del dedo gordo del pie izquierdo, aceptando que su sabor podía resultar agradable para Morfeo, me sentí, en cierto sentido, reconciliado con Augusto y con la vida.
Llegaron los cafés y la medialuna.
¿Seguro que no quiere una? Son muy frescas.
¿Qué hubiera respondido la Johansson?
En el sueño sólo aceptaba el cortadito con sacarina.
Respetamos entonces las pautas.
Augusto dijo que acostumbraba leer el diario de los sábados pero que por mi presencia hoy no lo haría.
Lea nomás si gusta.
De ninguna manera, además todos los sábados los diarios dicen las mismas cosas, las mismas noticias, a veces sospecho que el diariero me entrega siempre el mismo ejemplar, que me está estafando.
No necesitan estafar con eso porque los diarios que no se venden se devuelven cada día al distribuidor. No hay pérdida posible.
¿En serio?
Claro.
¿Seguro?
Seguro.
Entonces es increíble ¿cómo puede ser que en el mundo pasen todos los sábados las mismas cosas?
Los viernes, le dije, porque los sábados se cuentan los sucesos de los viernes.
Pero los domingos es los mismo, y todos los demás días.
Nos quedamos pensando un largo rato mientras los cafés se enfriaban en sus pocillos. La respuesta era obvia: los que nos estafaban eran los periodistas. Es decir, una estafa menor relacionada más que nada con la falta de ganas de escribir una y otra vez sobre hechos que se parecían entre si, entonces hacía años que entregaban las mismas notas, las mismas noticias. Quién podía saber cómo estaban las cosas en el mundo si uno lo miraba con sus propios ojos.
Tal vez con alguna pequeña modificación. Dijo Augusto.
Es probable, dije, para engatusar a los jefes de redacción.
Serán fáciles de engatusar a las dos de la mañana, cuando se cierran las ediciones ¿o no?
Ni que lo diga.
Morfeo ya estaba desesperanzado. Su esencia perruna lo obliga a creerse atado a esa columna de alumbrado para siempre. ¿porqué mi amo me dejó aquí? ¡Dios mío de los perros ayúdame! ¡No tendré comida ni agua! ¡No tendré sexo!
Morfeo nunca tuvo sexo así que estaba dramatizando. Yo siempre creí que sólo los humanos dramatizábamos, pero ahora resulta que también los perros. Se echó en la vereda, bostezó, se paró en dos patas al paso de una viejita de esas que aman a los perros ajenos. La viejita le concedió una caricia y continuó su camino.
Sin embargo, dijo Augusto, extraño leer el diario, falta sobre la mesa.
Y entonces léalo. Me sentía henchido de ánimo. En realidad le dije: ¡ENTONCES, LEALO!
No tendría que haber sido tan efusivo, porque para bajar el tono de la conversación me preguntó cómo me llamaba. Es que Augusto no estaba acostumbrado a que le dieran órdenes, y ni siquiera estaba acostumbrado a que le levantaran el ánimo. A él le gustaba tomar exámenes, poner calificaciones, hacerse notar con sus alumnas. Podía imaginarlo humillando a sus alumnos varones con una mirada de harpía por encima de sus anteojos ¡aunque ni siquiera necesitara usar anteojos! Se los ponía para darse importancia. Para humillar a sus semejantes, que él, por supuesto, no consideraba semejantes. Dígame, alumno ¿Esto es todo lo que puede referirme sobre el Quijote? ¿Qué le importaría sobre el Quijote a ese pobre alumno de quince años preocupado porque su novia estaba a punto de perder la virginidad con su primo de veinte? Ese chico estaba enamoradísimo de su novia quinceañera pero apenas estaba aprendiendo a toquetearla. ¿Quién era Augusto para humillarlo de semejante manera? La novia quería hacerlo con él pero su primo de veinte años sabía cómo hacer para humedecerla, había sacado el sexo afuera del pantalón y le había hecho sentir que era un animalito tierno y amigable. Este pobre alumno, en cambio, este pobre ser humano que no sentía el más mínimo interés por el Quijote había desplegado un animal alarmante e inquieto, fuera de todo control, de toda diplomacia. Las mujeres aman la diplomacia sexual, la necesitan encarecidamente, pero un chico de quince años a quien se le exige una monografía sobre el Quijote no tiene porqué saberlo.
Me llamo José, me dicen Pepe.
Augusto me miró con ternura. Él se llama Augusto y yo me llamo Pepe. Así son las cosas.
No van a creerlo, pero la mujer rubia se corporizó del otro lado de la vidriera y se agachó para acariciar a Morfeo. Morfeo le lamió las manos y la mujer rubia le besó el hocico. Morfeo feliz, nosotros estupefactos.
Cualquiera podría intuir y divagar aquí sobre el problema de las juridicciones. La mujer rubia pertenecía al sueño de Augusto pero Morfeo era `mi ´ perro, sin decirnos nada, todo estuvo expuesto desde la primera mirada entre nosotros, y eso que la mujer rubia por el momento no era más que una espalda metida en un traje de gimnasia, esa era la única perspectiva que teníamos, quién sabe cómo ni porqué, ya lo dije, se había corporizado del otro lado de la vidriera, seguramente mientras nosotros divagábamos sobre la nulidad que significa una monografía sobre el Quijote para un chico de quince años.
La mujer rubia se incorporó por fin, y se dio vuelta hacia nosotros. No tenía más de veinticinco años y ciertamente, tenía un ligero aire a Scarlett Johansson. Sonrisa de diamantes, labios en verso. Nos señaló preguntando ¿El perrito es de ustedes?
¿Al pobre Augusto no le habría quedado mucho más que la ilusión de su nombre grandilocuente? Bastó echarle una mirada para sabe que la cuestión de la soberanía no se zanjaría tan fácilmente. ¡Pero es casi una niña para nosotros! ¿Qué estamos disputando? Ninguno de los dos dijo nada, pero respondimos que sí con la cabeza y quién sabe qué expresiones de viejos inescrupulosos y la mujer rubia preanunciada en el sueño de Augusto, el único hombre que sonreía en la mañana del sábado, entró al café y se dirigió a nosotros.
¿Es de ustedes el perrito?
Es mío, sí.
Le estoy buscando pareja a mi perrita de la misma raza. Está en celo y aúlla pobre ángel mío, noche y día.
No me había parecido que este perro fuera de ninguna raza, dijo Augusto en lo que se avizoraba como un primer paso en el reconocimiento de su derrota.
¡¿Cómo no?!¡¿Cómo no?! La hermosa chica rubia tomó asiento en la mesa sin pedir permiso. Qué sé yo, las mujeres rubias, jóvenes y hermosas no necesitan pedir permiso para sentarse en ninguna parte.
El mozo se acercó y la chica ordenó su cortadito con sacarina, lo cual me habilitó para pedir, por fin, mi medialuna. La puesta en escena del sueño, de la anticipación o de lo que fuera, ya no dependía de mis acciones, de mis privaciones, de mi desesperanza.
¿Y? Preguntó la chica ¿Podrá hacerse lo de los cachorritos?
La juventud es un hecho abominable, una desviación de la naturaleza, una mentira, una vergüenza, una calamidad. Basta ver un hombre con las palmas vueltas hacia arriba bajo una lluvia torrencial para conocer, en forma definitiva la burla barata a la que te enfrentas TU, que crees ser joven. ¿Cómo podía decirle semejante barbaridad a la pobre chica? Lo único que hice fue apreciar su perfil aniñado y casi perfecto, su nariz respingada, el bello a contraluz que realzaba su belleza de la misma manera que en una mujer anciana hubiera multiplicado su fealdad. Augusto había perdido toda compostura y saltaban como lágrimas desde sus ojos los deseos imperdonables de engatusarla. ¿con qué palabras?¿con qué gestos? ¿Con qué conocimientos? En el sueño se la llevaba a la cama, pero aquí, definitivamente, no lo haría.
Al margen de toda voluntad, Morfeo aguardaba afuera sin más esperanza que un condenado a muerte mientras la chica bebía en dos sorbos su cortadito con sacarina y anotaba su número de teléfono en una de las servilletas de papel.
En fin, si se deciden por lo de los cachorritos por favor llamen. Y se fue, llevándose con ella todo un universo.
Pasaron como veinte minutos hasta que uno de los dos preguntó: ¿y ahora qué hacemos?
¿El amor con nuestras esposas? Es un asco. No importa quién dijo cada cosa.
Salí del bar, rescaté a Morfeo de su abandono definitivo y vi a través de la vidriera cómo Augusto pedía un diario al mozo y lo abría sobre la mesa. ¿Los periodistas inventan todo lo que ocurre en el mundo?
Después de todo. A quién le importa.


martes 14 de octubre de 2008

EL INFINITO SIN ESTRELLAS SELECCIONADA !!




A los realizadores y productores del film "EL INFINITO SIN ESTRELLAS"


Tengo el agrado de dirigirme a Uds. a fin de expresar nuestro deseo de que "EL INFINITO SIN ESTRELLAS" forme parte de la programación de la 3ª Muestra de Cine Argentino en Leipzig, que tendrá lugar en la ciudad de Leipzig, una de las más importantes de Alemania oriental, desde el 30 de enero al 7 de febrero de 2009.


viernes 10 de octubre de 2008

MI CABEZA POR DENTRO Y POR FUERA




VIERNES, mañana en la cama, ayer me hice mi implante capilar cancha 2, hace 13 meses me hice la cancha 1, las mujeres dicen que la pelada me quedaba mas sexi pero pocas se animaban a demostrarlo, o no les parecía más sexi un cuerno. Yo me lo hice por envidia: en el scauting de ARIZONA SUR fuimos a SAN LUIS con DIEGUILLO, ROCCA, PENSA, y Dieguillo, mientras yo iba a correr por los parques, se fue a la peluquería, era su forma de conocer pueblos, ofrecer su melena al peluquero de turno. Había algo sensual, exploratorio, cargado de hedonismo en aquello que yo, rapado a cero por mis propias y archiconocidas manos, no podía experimentar ni por puta. No tengo ni la más mínima duda: la decisión fue tomada por envidia, para poder conversar sobre bueyes perdidos con un peluquero desconocido en un pueblo lejano. No me sentía ni feo, ni viejo ni fracasado, o no me animo a aceptarlo. Con las mujeres no me fue mejor ni peor, por otra parte soy un hombre casado, y un hombre casado no debería entrar en esa clase de confesiones.



Mi foto
Nombre: Edgardo González Amer
Lugar: Olivos, Buenos Aires, Argentina

Soy padre, escritor, cineasta e hincha de Boca

Mensajes a

letrae[a]fibertel.com.ar

Libros publicados:

El probador de muñecas, cuentos, 1989, PRIMER PREMIO DEL CONCURSO 30 AÑOS DE EUDEBA.

Todos estábamos un poco cuerdos, 1994, novela.

Danza de los torturados, novela, 1996, FINALISTA PREMIO PLANETA.

La mujer perfecta, novela, 2000, FINALISTA PREMIO PLANETA Y GANADORA PRIMER PREMIO FUNDACION KUTXA, SAN SEBASTIAN, ESPAÑA.

largometraje:

El infinito sin estrellas

Cortometrajes:

Te comprendo porque te comprendo

El destape

Nadar de noche

Links

El infinito sin estrellas
El infinito sin estrellas (blog)
Mi sitio personal
Taller de guión
Estoy en el medio
Milanesa con papas
Goma de borrar
Resacas
Recomenzar

Ultimos posts

MAQUINAS SEXUALES
SIEMPRE QUISE SER UNA MUJER HERMOSA
POR FERNANDO PEÑA (Adhiero 100%)
TRES
NADIE SONRIE EL SABADO POR LA MAÑANA
EL INFINITO SIN ESTRELLAS SELECCIONADA !!
MI CABEZA POR DENTRO Y POR FUERA
NATALIA SANTIAGO ES GISELA (1)
PAULA KOHAN ES NINA (1)
EL TITULO DE LA PELI

Archivos

08/07
09/07
10/07
11/07
07/08
08/08
10/08
11/08
09/09
11/09

Arte y diseño

Powered by Blogger