sábado, 22 de mayo de 2010

DIA 12 //// YO NACI EN UNA ISLA

a Alicia (que nació en una isla)



- Yo nací en una isla y casi lo único que recuerdo de mi padre es que tenía una sonrisa con hoyuelos. Lo que mis abuelos y el resto de mi familia contaban de él, de verdad, nunca lo creí.
Las azafatas acababan de servirnos las bandejas con la cena: una pasta que tanto podía ser arroz como harina de maíz, una carne que tanto podía ser de cerdo como de pollo, un pan duro y frío y un postre color anaranjado que de verdad causaba miedo. Ya había estado observando con disimulo a mi compañera de asiento: era delgada, rubia, agradable y toda la impresión que causaba, en general, era de frágil y engañosa armonía. Mientras decía la frase que inicia este relato, miraba hacia abajo por la ventanilla del avión, como si de verdad pudiera divisarse algo desde once mil metros de altura navegando de noche a ochocientos kilómetros por hora.
Eso fue lo primero que le dije, aunque nuestra confianza no superaba el hecho de compartir un asiento en el vuelo Air France entre Paris y Buenos Aires desde hacía tres horas.
- Puede ser que parezcan islas, pero son reflejos de luz sobre las nubes, o son ciudades gigantescas.
- Pues, claro – ironizó, con inconfundible acento madrileño – Ciudades gigantescas en medio del océano, o reflejos de las luces de los Ovnis. Qué va.
No supe qué decir. Esto sin contar que mi compañera de asiento transmitía algo que podía definirse como autoridad, o seriedad excesiva, lo cual un poco me inhibía. Se quedó mirándome, como esperando una respuesta. Sus ojos eran rasgados, celestes, incisivos y a la vez huidizos. También podía ser timidez, me dije a mi mismo, pero luego recordé que la timidez es una virtud exclusivamente masculina. Era, sin duda alguna y sin darle tanta vuelta al asunto, el tipo de mujer con la cual uno desea entablar una conversación.
- Supongo que lo dije por decir, hablé de sueño – Traté de excusarme - ¿A quién se le ocurre dar la cena a las tres de la mañana?
- A las compañías aéreas, las ideas más locas de este mundo se les ocurren a las compañías aéreas, como creer que puedes viajar doce horas con las rodillas aplastadas contra el asiento de adelante. ¿Te has fijado que ya no nos entregan manta ni almohada?¿Para qué van a darlas? Si la verdad es que nadie puede pegar ojo en semejante amasijo ¿O tú sí?
Como el tono había sido de acusación, o al menos reprobatorio, opté por darle la razón. Después de todo eran las tres de la madrugada y estábamos despiertos, o sea, ella tenía razón.
Nos abocamos a abrir con meticulosidad de pasajero de avión cada uno su bandeja con comida de avión. Un pasajero de avión es un ser humano que sufre, y como si fuera un actor arriba de un escenario necesita aferrarse a acciones mínimas e innecesarias para evitar pensamientos atemorizantes. Dedos índices y pulgar de cada mano se unen para separar la fina y húmeda capa de film que cubre los alimentos de dudosa apariencia y difíciles de clasificar. Rompe mordiendo con los caninos la bolsa de los cubiertos, extrae cuchillo y tenedor de plástico, quita las tapas pláticas a presión del envase cuadrado de aquel alimento por el cual ha decidido comenzar, no porque sea el entremés o un primer plato, sino porque le parece el más confiable o el más amenazante de la bandeja, según sea la personalidad del pasajero. En la vida siempre están aquellos que ponen el pecho a las balas, y los otros, los que sólo esquivan el bulto. Así, tanto los pasajeros temerarios como los cuidadosos procurábamos que el tiempo de la cena se prolongara in eternum, demorando hasta lo imposible cada uno de nuestros movimientos como si cenar fuera una tarea de orfebrería.
Mi compañera de asiento y yo nos miramos, nos pareció intuir que estábamos pensando lo mismo y sonreímos, cada uno avergonzado de su propia actitud, que en definitiva era igual a la del otro.
- Patético ¿verdad? – Dijo ella, e inmediatamente - ¿Cómo te llamas?
- Alfredo.
- Tienes nombre de viejo. – Y se quedó mirándome, a ver si el comentario me ofendía. – De hombre mayor, quiero decir. – Y remató - …Es que no es un nombre que uno le pondría ahora a ningún hijo.
- ¿A cuál de las tres ofensas tengo que responder?
Se rió con una risa franca y tuvo que mirar hacia la oscuridad del cielo porque un trocito de lechuga escapaba de su boca. Después quedó así, mirando por la ventanilla, como si yo no existiera. Me pareció que era momento de preguntarle el nombre, pero en lugar de eso le pregunté qué era eso de haber nacido en una isla. Cuando se dio vuelta hacia mí, no menos de dos minutos después, tenía lágrimas en los ojos.
- No es nada –dijo, y enseguida se rectificó - ¿Sabes qué? Sí que es algo, y si no te lo cuento a ti ahora, si no se lo cuento a alguien a quien no volveré a ver en toda mi vida, pues entonces no seré capaz de contárselo jamás a nadie.
Hice silencio y me aboqué a mi bandeja de comida repugnante, era la única manera de disimular la tristeza definitiva que las palabras de mi compañera de asiento me habían provocado. Aunque soy un hombre casado y los cálculos previos me decían que debía de llevarle a mi compañera de asiento más de veinte años, no me gustaba que rechazara así, de plano y sin anestesia, cualquier tipo de relación entre nosotros. Uno siempre tiene la ilusión de encontrar el amor verdadero, la persona que te arranque de tu vida miserable como si se tratara de una muela enferma.
Mi vida no era miserable, o al menos no debería serlo. El director médico de un laboratorio internacional, que viaja por el mundo con todos los gastos pagos, mientras su familia lo espera, amorosa, en Buenos Aires no debería tener demasiados argumentos de queja. Pero yo los tenía. Se llega a los cincuenta años con la tristísima impresión de que todo lo que debías hacer en la vida ya lo hiciste, que todo lo bueno que tenia que pasarte ya pasó y que ahora sólo queda la parte que no deseabas, el final. Terminaste de cenar y lo único que te queda es lavar los platos, para definirlo en pocas palabras. Los hijos grandes, la casa gigantesca, tu mujer que no ha sido maltratada por la pobreza y entonces conserva algunos rasgos de la belleza que fue, e inclusive aún es bella en algunos momentos. Pero tanta armonía cae en el sinsentido cuando se es consciente de que ya se recorre el camino de regreso, cuando ya probaste todas las comidas y observaste todos los paisajes, o por lo menos cuando creés que es así, lo cual da exactamente lo mismo.
- ¿Qué pasa Alfredo? – me preguntó mi compañera de asiento.
- ¿Por?
- Te has quedado en silencio y hasta te has comido ese postre anaranjado que quién sabe qué contenía, a mí me ha dado por pensar que es radiactivo.
En ese momento la azafata nos ofreció café, que los dos aceptamos. Un café frío y acuoso acorde con el resto de la comida.
- Me gustaría que me cuentes lo de la isla.
- ¿En serio?¿No te aburre?
Había tal sensación de intimidad que casi me resultaba insoportable. Lo peor era saber que todo estaba en mi cabeza, que en su mirada no había ni la más mínima señal de interés en mi como hombre.
- Si me dejas ir al vater luego te lo cuento ¿Vale? Porque es una historia larga. Pero sólo te la cuento si me prometes hacerme callar en cuanto te aburras.
- Trato hecho.
Un hombre y una mujer en un avión, un hombre y una mujer en un tren, un hombre y una mujer en un ascensor, un hombre y una mujer en cualquier circunstancia fortuita de la vida. Puede ser el comienzo de algo o puede ser el comienzo de nada. Traté de consolarme con mis estrategias pesimistas: ¿De qué servia enamorarse de alguien si a la larga todo se descompondría? Terminaríamos enojados y a los gritos, haciéndonos miles de reproches injustos por todos los errores horribles que cada uno había cometido a juzgar y en contra del otro. O simplemente, como me sucedía ahora a mí en mi matrimonio, llegaríamos a un momento de la relación en la cuál ya conoceríamos cada parte de nuestras vidas como cada parte de nuestros cuerpos. No tendríamos nada nuevo para contarnos porque nuestras vidas carentes de todo interés ya de por sí, serían menos interesantes al conocerlas al dedillo, día por día, segundo por segundo. O acaso mi mujer no se hastiaba hasta lo indecible cada vez que contaba una de mis viejas anécdotas a nuestros amigos. Estábamos tan hartos uno del otro que dábamos pena, y eso mismo pasaría con mi compañera de asiento o cualquier otra mujer con la que quisiéramos intentar algo.
Lo negativo de la estrategia pesimista era que al dejar de lado, de manera intencional, la parte positiva de mi vida, me atacaba de manera fulminante el arranque suicida. Este camino mental me llevaba a verme colgado de una soga, pendiendo por el cuello quebrado desde lo alto de un techo con gruesas vigas de madera. Llegado ese punto debía abandonar la estrategia pesimista, pero si abandonaba la estrategia pesimista, conocer una nueva mujer y volver a enamorarme volvía a cobrar sentido, y estábamos como al principio de la calesita.
Tuve que ponerme de pie para que mi compañera de asiento pudiera pasar hacia el pasillo, y luego de vuelta tuve que ponerme de pie para que pudiera entrar desde el pasillo hasta su asiento de la ventanilla.
- He tardado porque se me ha atascado la puerta del vater del lado de afuera, no sé como. Casi termino rompiéndola de una patada y encima la azafata me ha regañado por eso. ¿Qué pretende?¿Que haga el vuelo completo encerrada allí sentada en el retrete?
Mi compañera de asiento había regresado de mal humor, cuando pasaron las azafatas recogiendo el servicio casi les arroja la bandeja de la cena por la cabeza.
- Es que ha sido ella – se justificó.
En tan corto viaje ya se había ganado una enemiga y un enamorado. Esto último sin saberlo y a pesar de ella, por supuesto.
- ¿Te incomoda si cierro cinco minutillos los ojos? Me recupero de la rabieta y luego te lo cuento. ¿No te ofendes?
A esta altura nada de ella o nada que ella dijera o hiciera podría ofenderme, pero yo no quería pensar en eso y mucho menos quería pensarlo de esa manera. De joven había sido un hombre que atraía a las mujeres no por mi belleza física, que jamás tuve, sino por cierto aire de desinterés y misterio que terminaba atrayéndolas. Por supuesto, es mucho más sencillo sostener el atractivo físico que el aire de desinterés y misterio, pero esas eran las armas con las que me había tocado combatir, y ahora, cuando ya tenía hasta nombre de hombre mayor: ¨ Alfredo ¨ , lo último que necesitaba en la batalla era mostrarme como un adolescente enamorado, lo cual automáticamente se traduciría en algo tan indecoroso como inconveniente.
Para desviar el foco de atención y levantar la guardia mientras se reponía de su rabieta, me puse a leer la revista de la línea aérea. O mejor dicho mirar las fotos e ilustraciones. Me llevó veinte segundos. Después leí la cartilla de instrucciones para caso de accidente. Si nos estrellábamos en el mar en caída libre desde diez mil metros de altura y a quinientos kilómetros por hora de velocidad, acto seguido y en calma, debíamos recoger los salvavidas que eran los mismos asientos sobre los cuales estábamos sentados, sacarnos los zapatos de tacos altos y saltar al océano en tobogán dando una ágil cabriola para caer directamente de culo en el deslizante tobogán. Facilísimo, o al menos eso era lo que podía deducirse de los dibujos.
Tenía sueño pero obviamente no iba a poder dormir y no me pondría a leer ninguno de los libros que traía en mi valija de mano para que mi compañera de asiento no lo tomara como un signo de desinterés hacia ella o hacia la historia que estaba por contarme.
Me atreví a mirar su perfil con cierto temor de que percibiera mi mirada. Mi compañera de asiento tenía la nariz recta y los labios finos de un color rosa muy pálido, toda ella era pálida y desprendía un aroma que me hizo recordar a una compañera de banco de mi escuela primaria, una chica rubia de ojos celestes, piel lechosa y antebrazos repletos de pecas. Se llamaba Liliana Leis y cuando le propuse que fuéramos novios me rechazó de plano. El aroma de mi compañera de asiento me transportó mágicamente a aquel momento de rechazo. Yo había ido hasta la casa de Liliana Leis decidido a jugarme el todo por el todo, porque su hermosa presencia a mi lado, compartiendo el pupitre de madera, se me hacía insoportable. Llamé tocando el timbre, salió su abuela, me miró extrañada porque eran más de las diez de la noche, y se metió en la casa para llamar a su nieta. La beldad rubia de ojos transparentes hizo su aparición diez minutos después, me observó con el ceño en enojo sin trasponer el vano de la puerta y me gritó desde ahí mismo con intimidante antipatía:
¨ ¿Qué necesitás? ¨
¨ Vine a preguntarte si querés salir conmigo ¨ tuve que gritar a mi vez para hacerme oír desde la vereda.
¨ No ¨, fue su lacónica respuesta, y cerró la puerta. Diría yo: la cerró de por vida.
Lejos de amargarme por el fracaso de la misión, volví a casa corriendo y a los saltos, loco de contento porque me había atrevido a declararme y me había respondido con un contundente e irrevocable ¨ NO ¨ . Durante el camino de ida desde mi casa hasta la casa de Liliana Leis me había atormentado la remota posibilidad de una respuesta positiva, y que esa respuesta positiva desencadenara que yo tuviera que hacer algo especial al respecto, algo como besarla o tomarla de la mano, acciones para las cuales no estaba preparado.
Mi compañera de asiento abrió los ojos y me descubrió observándola. Retrocedió un poco para preguntarme con tono preocupado - ¿Pues qué tengo?
- Nada, perdón, me hiciste acordar a una compañera de la escuela primaria.
- ¿Me parezco?
- Un poco.
Nos quedamos mirándonos, así, con nuestros perfiles apoyados contra los respaldos de los asientos.
- ¿Quieres que te cuente mi historia?
- Claro.
- ¿Seguro?
- Seguro.
En ese mismo momento se apagaron las luces altas de la cabina para que los pasajeros pudiéramos dormir y se encendió el odioso cartel de ¨ abrocharse los cinturones ¨, eran dos hechos inconexos entre sí, pero que al producirse en simultáneo generaban una leve inquietud. O una gran inquietud. La voz del comandante anunció en francés y en inglés algo que no llegué a entender. Mi compañera de asiento me tradujo en dos palabras: ¨ Leves turbulencias ¨, y comenzó su relato:
Nací en un isla del Atlántico, una pequeña isla por cuya posesión aún pelean Francia y España, está cerca de las Canarias pero no pertenece al archipiélago, eso nos da tres nacionalidades o no nos da ninguna, somos un poco africanos, un poco españoles, un poco franceses. ¿Está mal que empiece por ahí?
- Para nada.
- Es una isla angosta y alargada, si no hace demasiado calor, el lado amable, la playa, puedes recorrerlo andando en menos de medio día. El lado de los acantilados, por el contrario, lleva varios días de marcha a los más experimentados. Así es la isla, de un lado una playa mansa de arena volcánica y del otro acantilados, oleaje muy furioso y tiburones. Te diría que tiene la forma de un arco con la cuerda bien tensada. ¿Te aburres?
- Para nada.
Yo disfrutaba de su relato en tal grado de intimidad, la verdad era que no entendía porqué empezaba por la geografía de la isla, pero tampoco me preocupaba, podía contarme la geografía y la historia porque yo lo que más disfrutaba era de su compañía. Cuando mi compañera de asiento iba a retomar la narración dimos una serie de saltos, subidas y bajadas desagradables, estábamos en la zona de ¨ leves turbulencias ¨. La comisario de a bordo anunció en francés y en inglés sobre la inconveniencia de tener desabrochados los cinturones o permanecer fuera de nuestros lugares. Una mamá joven que acunaba a su bebe caminando ida y vuelta por el pasillo volvió a sentarse.
- ¿Te asusta?
- Para nada – respondí. Mi compañera de asiento rió:
- No mientas.
- No miento.
- ¿Nunca has imaginado lo espeluznante y maravilloso que sería perecer en un accidente aéreo? – Permanecí callado - En serio te lo digo, es una experiencia de la cual muy pocas personas han podido disfrutar .- Traté de descubrir la burla en su expresión, pero lo estaba diciendo muy en serio, de verdad quería morir en un accidente aéreo. En tal caso, esa no era una experiencia que yo quisiera compartir con ella.
- ¿Quieres que te siga contando?
- Sí.
- Vale …te contaba lo de los acantilados porque en ese lugar se mató mi madre cuando yo tenía doce años. Encontraron su ropa en las rocas más altas y diez días después su cuerpo apareció al otro lado de la isla, en la playa. Tal como se dieron las circunstancias las señales eran contradictorias, ella se había quitado la ropa y luego se había arrojado al mar para acabar con su vida. Pero el cuerpo apareció al otro lado de la isla, en la playa mansa, sin mordidas de tiburones ni nada, entonces la policía dedujo que la habían asesinado, y que habían puesto las ropas en los acantilados para despistarnos con la idea del suicidio. Además, ¿porqué se iba a quitar la ropa para suicidarse?
- ¿Quién?
- ¿Quién qué?
- ¿Quién la mataría?
- Pues para todos, mi padre, y eso es lo que yo nunca me he creído.
Un nuevo pozo de aire nos puso en alerta, un pozo profundo, una refinada sensación de vacío me revolvió el estómago.
- Agarrarte del apoyabrazos no te servirá de nada. – Me alertó risueña mi compañera de asiento.
Nos quedamos en silencio durante varios segundos mientras el avión se sacudía. Por la ventanilla, en la negrura, podíamos ver los refucilos intimidantes de una tormenta lejana. Por fin, de a poco, los sacudones fueron cediendo, y ya estaba dispuesto para seguir atendiendo el relato. Me di vuelta hacia la izquierda y me encontré con la mirada expectante y burlona de mi compañera de asiento.
- Anda que no te asustas y …¿sabes? Tu también me recuerdas a alguien – se quedó pensando – Alguien con quien creo que no terminé bien. Es probable que fuera un profesor de la uni. - Me la quede mirando. – Universidad Autónoma de Barcelona, me gradué en Sociología y creo que me recuerdas a un profesor muy desagradable que disfrutaba haciendo sufrir a los alumnos en las exposiciones orales, un cabrón hijo de puta.
- Gracias.
Se rió y apoyó una mano sobre mi brazo.
- Disculpa, tienes razón, haz que no dije nada. – Quedé en silencio. - ¿Te he ofendido?
- Para nada.
- Me he pasado un poco, te pido disculpas.
- De verdad que no pasa nada.
- ¿Seguro que no mientes?
Mentía, por supuesto que mentía, la mujer que me recordaba al primer amor de mi vida me decía que a mi vez yo le recordaba quién sabe qué profesor perverso y decrépito. Un verdadero cabrón hijo de puta, según las propias palabras de mi compañera de asiento. En cierto sentido, ya me había divorciado de ella, habíamos terminado antes de empezar. Lo mejor sería que se callara la boca y nos dedicáramos a dormir el resto del viaje.
- Ya te he aburrido.
El intento por divorciarme de mi compañera de asiento había sido en vano, estaba tan interesado en ella como lo había estado en los primeros minutos de nuestra relación.
- ¿Aburrido? Al contrario, me quedé pensando en lo que me contaste. ¿Y qué pasó con tu papá?¿Por qué iba a querer matarla.
- Porque mi madre tenía un amante, un hombre algo más joven que mi padre, un carpintero que hacía pocos meses había reparado las escaleras y los alféizares de mi casa. Durante esos días de trabajo mi madre y él establecieron un vínculo, todos nos dimos cuenta de inmediato porque el carácter y las costumbres de mi madre cambiaron por completo.
- En qué sentido.
- Se la veía feliz, salía bien vestida todas las tardes sin que nadie supiera a dónde. Para colmo mi padre trabajaba en el ferry que recorría las islas, y más de una vez estaba fuera de casa por varios días; eso le otorgaba a mi madre muchísimas libertades, demasiadas oportunidades. Pero ¿sabes qué? Por el mismo motivo yo supe que todos mentían, porque mi madre murió cuando mi padre estaba en uno de sus viajes.
- No mentían, se equivocaban.
- ¡No! – La expresión de mi compañera de asiento se amargó como nunca antes, un rictus de resentimiento le recorrió los labios como un ramalazo y por un instante dejó de ser bella. – ¡Mentían porque eran perezosos y brutos y necesitaban declarar culpable a alguien lo más rápido posible! Así son los isleños y por eso los detesto: La policía, mis abuelos, mis tíos, todos mintieron para acusar a mi padre. Lo peor era que se metían con él porque era un buen hombre.
- Pero no podían acusarlo, si tu papá tenía una coartada perfecta.
- ¡Sí, claro que podían! – Exclamó mi compañera de asiento con furia y los ojos enrojecidos, a punto de llorar. Levantó tanto la voz que alguno de los pasajeros que intentaban en vano dormir pretendió hacerla callar con un chistido. – ¡Pudieron acusarlo porque él mismo se incriminó. En su declaración dejó constancia del día, la hora, las circunstancias, los motivos. No había forma ninguna de salvarlo!
El del chistido hizo un segundo intento. A lo cual mi compañera de asiento respondió malhumorada:
- Cállate, lechuza.
- ¿Entonces?
- Le dieron perpetua y lo trasladaron a La Santé, en Paris. En menos de un mes, a los doce años me había quedado sin madre y sin padre. Mis tíos dicen que tuve una especie de brote psicótico y pasé a odiar todo lo que tuviera que ver con la isla, por eso mis abuelos me mandaron a vivir a Barcelona, a un internado. Estuve ahí hasta los dieciocho años. Cuando junté el coraje suficiente para visitar a mi padre él se negó a recibirme. Desde entonces le he escrito infinidad de veces, y jamás tuve respuesta. Su primera carta en veinte años la recibí hace catorce días.
Mi compañera de asiento quedó callada, casi como si hubiera terminado su relato, y a partir de ahí hubo entre nosotros un silencio prolongado, profundo, aleccionador. Ahora el avión se deslizaba sin que tuviéramos la más mínima percepción de movimiento, y como estábamos sentados entre las primeras filas el sonido de las turbinas no era más que un zumbido lejano. Había ronquidos aquí y allá pero también se podían percibir las vibraciones de los pasajeros insomnes, pensamientos de unos y de otros inundaban el espacio presurizado de la cabina. Como siempre ocurre en esta instancia del viaje, alguna persona mayor paseaba por los pasillos ida y vuelta para mover un poco las piernas y evitar el entumecimiento. Vivíamos y recorríamos el trayecto en el cual tanto pasajeros como tripulación caemos en una especie de sopor y las vidas de todos quedan en manos del piloto automático. Mi compañera de asiento tenia los ojos cerrados. Le pregunté si dormía.
- Pues claro que no.
- ¿Reflexionaste alguna vez sobre cuál es el sentimiento que más creció y evolucionó en la historia de la humanidad?
Quedó pensativa por unos segundos antes de responder:
- Supongo que tú sí – respuesta ante la cual me quedé sin palabras, desconcertado.
- Disculpa, he querido jugarte una broma, pero veo que no te ha gustado. - Con una mirada cortante le demostré que no, que no me había gustado. – A ver – continuó mi compañera de asiento - El sentimiento que más ha crecido …- ¿Va por el lado del odio o el amor?
- No estoy seguro que sea un sentimiento tan poderoso.
- No me gustan las adivinanzas. – dijo, con su dejo de mal humor.
- La confianza – afirmé, y ella repitió ¨ la confianza ¨ , como que no le parecía.
- ¿A qué te refieres con ¨ la confianza ¨ ?
- A que millones y millones de pasajeros dejemos nuestras vidas en manos de comandantes, de pilotos que ni siquiera conocemos, y a la vez cada uno de esos comandantes confía en una tecnología que apenas a mirado de lejos. Lo mismo nos pasa con la comida, con los medicamentos y casi todo lo que consumimos y hacemos. Al principio de la humanidad todo se reducía a una tribu donde cada uno sabía quién cazaba, quién cocinaba, quién y para qué afilaba las puntas de las lanzas.
Mi compañera de asiento me miró de manera neutra, serena, mis reflexiones no la habían impresionado en absoluto, es más, me pareció que ni siquiera había prestado atención a mis palabras. En lugar de eso, continuó con su relato:
- Como te he dicho, hace dos semanas recibí la única carta que mi padre me envió en todos estos años. En ella me decía que estaba enfermo y que tenía que confesarme algo importante. Continuaba en La Sante cumpliendo su condena y había rechazado varias veces la libertad condicional por buena conducta. Eso lo supe justo hace cinco días, cuando lo visité en el hospital, pues ya lo habían trasladado.
Me pareció que se le cerraba la garganta, me sentí obligado a preguntarle algo, lo que fuera.
- ¿Qué decía la carta?
- Que necesitaba verme, que antes de partir necesitaba contarme cómo habían sido las cosas realmente. Que lo perdonara. La palabra perdón aparecía muchas veces a lo largo de la carta.
Otra vez se hizo silencio, me pareció que debía darle el último empujón para que terminara de contar lo que quería contarme. Pero cuando iba a hablar, cuando estaba a punto de pedirle que continuara, un sentimiento de pudor, casi de temor me invadió por completo. Tal vez no quería contarme más, tal vez pedirle que continuara no era más que pura frivolidad, curiosidad malsana que no nos conduciría a ninguna parte.
- En fin – dijo con tono resignado mi compañera de asiento – Al visitarlo me encontré con la sombra de quién había sido mi padre, para qué voy a contarte los detalles, la verdad es que no te los cuento porque quisiera olvidarlos cuanto antes.
Por el brillo de sus ojos me di cuenta que muy a su pesar los detalles que pretendía ocultar se abatían con fuerza sobre su ánimo y sobre su memoria. Le costó un buen rato reponerse del embate. Recién entonces pudo terminar su relato: Ese hombre enfermo, moribundo, que ahora era su padre, apenas había contado con el aliento suficiente para confesarle que él no había matado a su madre, que amaba tanto a esa mujer que era incapaz de hacerle ningún daño tanto como era capaz de perdonarle cualquier ofensa. Que vivir sin ella se le hacía tan difícil, tan imposible, que había preferido huir recluyéndose en la cárcel por el resto de su vida.
El rostro de mi compañera de asiento se descompuso por completo cuando repitió para mi las preguntas que le había hecho a su padre, ese viejo esquelético que apenas respiraba con ayuda de una máscara y estaba conectado a toda clase de cables e instrumentos: ¿No has pensado en mi? El viejo, a punto de partir, había movido la cabeza para responderle que sí, y le había rogado que se le acercara al oído para murmurar que le perdonara, que por favor le perdonara el enorme daño que le había hecho para poder partir en paz. Mi compañera de asiento le había tomado el rostro con las manos y le había besado la frente, le había dicho que sí, que lo perdonaba por completo, y recién entonces su padre se había sentido libre para irse.
- En cuanto mi padre murió salí corriendo del hospital, llamé un taxi y le pedí que me llevara al aeropuerto. Me propuse sacar pasaje para el primer avión con plazas disponibles que partiera hacia cualquier lugar del mundo. Resultó ser Buenos Aires como podría haber sido Bangkok o Aduja. – La miré sin saber qué decirle - Lo único que deseo es empezar una vida absolutamente nueva. No me preguntes porqué, pero sé que todo va a ir bien en mi vida a partir de mi llegada a Buenos Aires.
Asentí con un leve movimiento de cabeza, a mí también me parecía que su vida iría mejor al llegar a Buenos Aires.
Hacia el este el cielo comenzaba a clarear, mi compañera de asiento se apretó contra si misma convirtiéndose en una especie de bollo. Incómoda y todo se quedó dormida como para el resto del viaje.
Yo sabía que después de recoger nuestro equipaje en la cinta y pasar por migraciones no volveríamos a vernos. Si lo que ella necesitaba era empezar una vida absolutamente nueva, no correspondía que yo fuera parte de ella.

Olivos, 9 de mayo de 2010

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